Ser hetero es una discapacidad, o al menos una condición administrativa con la que nadie te advirtió que ibas a lidiar.
Yo no sé en qué momento aceptamos colectivamente que interactuar con hombres heterosexuales debía considerarse una experiencia social ordinaria, cuando claramente estamos hablando de un grupo con requerimientos operativos específicos. Y quiero ser cuidadoso con el lenguaje porque luego siempre aparece alguien con energía de comunicado institucional, una carpeta bajo el brazo y muchas ganas de explicarte por qué técnicamente estás generalizando. Y sí, probablemente. Pero también observo patrones. Así que llamémoslo lo que es: una condición administrativa. Una serie de limitaciones funcionales menores pero persistentes que convierten cualquier interacción simple en un trámite con folio, sello, ventanilla equivocada y tiempos de espera que no respetan ni la dignidad humana. Porque el hombre heterosexual tiene una confianza verdaderamente conmovedora en habilidades que objetivamente no posee. Y esto no lo digo desde la crueldad; lo digo desde la observación científica. Desde el trabajo de ...