El optimismo forzado y otras formas de mala educación.

Hay una forma de mala educación que se disfraza de virtud y suele presentarse con una sonrisa amplia y una voz tranquilizadora: el optimismo forzado. Esa necesidad casi militante de "ver lo bueno" cuando el año apenas empieza a cobrar facturas, a imponer horarios y a recordarte, sin ningún tacto, que la realidad no está interesada en tu actitud positiva. No es esperanza, es negación. Y como toda negación bien peinada, resulta profundamente incómoda.

El problema no es el optimismo en sí, sino su uso fuera de contexto. Hay momentos para la ilusión y momentos para la lectura precisa de los hechos. Insistir en encontrar "el lado amable" cuando la situación ya habló con claridad no es sensibilidad, es torpeza social. El entusiasmo mal sincronizado no anima, interrumpe. Obliga al otro a fingir que todo está bien sólo para no parecer amargado, cuando en realidad lo único que está haciendo es ser realista.

A principios de año, esta forma de optimismo se vuelve especialmente invasiva. El calendario avanza, las obligaciones reaparecen, el dinero se reorganiza, y aun así hay quien insiste en mirar todo con una alegría casi ofensiva. Como si la madurez consistiera en sonreír siempre, y no en saber cuándo callar, observar y ajustar expectativas. Porque la educación no está en repetir frases luminosas, sino en entender cuándo sobran.

"Todo pasa por algo", "hay que agradecer", "al menos tenemos salud". Frases que no consuelan, no aclaran y no ayudan, pero que se lanzan como si fueran gestos de cortesía obligatoria. En realidad, funcionan como pequeñas evasiones. Son maneras elegantes de no escuchar, de no acompañar, de no hacerse cargo del momento exacto que se está viviendo. El optimismo forzado no acompaña, corrige al otro por no sentirse bien a tiempo.

Hay algo particularmente arrogante en esa insistencia por iluminarlo todo. Como si la tristeza, el cansancio o la incomodidad fueran fallas de carácter y no respuestas normales a un contexto específico. Ver lo bueno cuando corresponde es inteligencia emocional. Exigirlo cuando no toca es una forma muy pulida de la falta de tacto. No todo necesita ser resignificado, no todo mejora con actitud, no todo momento está pidiendo una lección.

El año, cuando empieza a cobrar, no necesita aplausos ni discursos motivacionales. Necesita silencio, criterio y una dosis razonable de sobriedad. Pretender que la buena vibra lo resuelva todo es confundir profundidad con eslogan. Y eso, lejos de ser amable, es cansado. Porque obliga a sonreír cuando lo que hace falta es claridad. 

Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.

Comments