Ser hetero es una discapacidad, o al menos una condición administrativa con la que nadie te advirtió que ibas a lidiar.
Yo no sé en qué momento aceptamos colectivamente que interactuar con hombres heterosexuales debía considerarse una experiencia social ordinaria, cuando claramente estamos hablando de un grupo con requerimientos operativos específicos. Y quiero ser cuidadoso con el lenguaje porque luego siempre aparece alguien con energía de comunicado institucional, una carpeta bajo el brazo y muchas ganas de explicarte por qué técnicamente estás generalizando. Y sí, probablemente. Pero también observo patrones. Así que llamémoslo lo que es: una condición administrativa. Una serie de limitaciones funcionales menores pero persistentes que convierten cualquier interacción simple en un trámite con folio, sello, ventanilla equivocada y tiempos de espera que no respetan ni la dignidad humana.
Porque el hombre heterosexual tiene una confianza verdaderamente conmovedora en habilidades que objetivamente no posee. Y esto no lo digo desde la crueldad; lo digo desde la observación científica. Desde el trabajo de campo. Desde haber visto a un hombre ponerse una camisa visiblemente arrugada, unos tenis que ya deberían estar en calidad de evidencia forense y una fragancia que no se aplica sino que se ejecuta como operativo militar, y aun así mirarse al espejo con una seguridad que yo no he tenido ni el día que mejor me veía. Hay que admirar esa paz mental. Esa ausencia total de conflicto interno. Esa incapacidad estructural para cuestionarse.
Elegir ropa, por ejemplo, no es para ellos una actividad; es un acto de fe. Una negociación completamente unilateral entre lo primero que encontraron limpio y una confianza que nadie sabe de dónde sale. Y no me vengan con excepciones porque claro que existen. Siempre hay uno que usa lino beige, hidrata su contorno de ojos y huele a decisiones financieras acertadas. No estamos hablando de él. Estamos hablando del grueso poblacional. Del que cree que una playera con un estampado ilegible de 2009 sigue "jalando". Del que considera que tener una camisa "buena" para ocasiones especiales lo convierte en una persona organizada.
Y no hablemos de la comunicación porque verdaderamente me altero y esto es un blog, no una declaración ministerial.
El heterosexual promedio tiene una relación profundamente experimental con el lenguaje. No porque no hablen. Hablan muchísimo. Pero con una precisión quirúrgica para evitar cualquier cosa que implique introspección. Pueden sostener una conversación de cuarenta minutos sobre el rendimiento de un coche que no poseen, el asado de un amigo que no conoces o una anécdota larguísima cuyo desenlace era decepcionante desde el minuto tres. Pero pregúntales algo emocionalmente específico y de pronto parecen testigos protegidos. "¿Cómo te sientes?" "Bien." "¿Pero bien cómo?" "Normal." Perfecto. Gracias. Siento que he accedido a una profundidad emocional comparable con conversar con una pared correctamente pintada.
Y luego está esa capacidad extraordinaria para acompañarse entre ellos con herramientas que, en cualquier otro contexto, parecerían insuficientes. Los hombres gays podemos estar atravesando un colapso emocional, una humillación romántica, una crisis estética y una bancarrota espiritual simultáneamente, y aun así montar una mesa de análisis digna de un comité internacional. Se revisan mensajes. Se analiza puntuación. Se evalúa tono. Se construyen teorías. Se consulta al amigo que "sí lo conoce". Hay metodología. Hay rigor. Hay vocación de servicio.
Un heterosexual, en cambio, puede encontrarse con su mejor amigo claramente devastado, emocionalmente destruido, con la mirada perdida de quien ya perdió una batalla interna importante, y ofrecer como único soporte: "jálate por unas chelas". Como si la cebada fuera una herramienta terapéutica avalada por profesionales de la salud mental. Como si compartir botana industrial y ver un partido reparara automáticamente el abandono emocional paterno.
Eso sí, jamás subestimen su capacidad para opinar con absoluta seguridad sobre temas que no entienden del todo. Porque si algo tiene el heterosexual promedio es una relación hermosísima con la certeza infundada. No importa si habla de arquitectura, vacunas, decoración, relaciones humanas o cómo "realmente funciona" un país entero. Él opina con una tranquilidad que yo sólo he visto en gente completamente desconectada de la posibilidad de estar equivocada. Y sin embargo, porque aquí está el giro irritante, a veces funcionan. Ese es el verdadero problema.
Porque uno entra a observarlos con superioridad antropológica, con ironía bien calibrada, con una mezcla saludable de juicio y entretenimiento, y de pronto aparece un heterosexual siendo absurdamente encantador por accidente. No por estrategia. Eso sería más fácil de combatir. No. Por accidente. Dice algo ridículo pero genuino. Hace un gesto inesperadamente noble. Se ríe con una honestidad tan poco sofisticada que desarma. Y ahí estás tú, reorganizando internamente todo un expediente porque el imbécil tuvo un momento de humanidad.
Porque el heterosexual no encanta como una estrategia refinada. Encanta como accidente industrial. Y eso, francamente, irrita muchísimo.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
Comments
Post a Comment