De perder gente no te mueres… de perderte a ti sí.

Deja de tener miedo a perder gente y entiende algo de una vez por todas, tú también eres una gran pérdida, y no por inflarte el ego barato con una frase motivacional de taza, sino porque hay niveles y hay gente que ni aunque se pare de pestañas llega, no son como camiones, no pasará otro en 10 minutos pero tampoco tú eres reemplazable como si fueras servilleta de fonda, hay que tener cara, tipo y saber estar, y eso, aunque suene incómodo, no abunda. Porque sí, sabes lo que eres, sabes lo que das, sabes lo que provocas, otra cosa es que a veces te hagas el desentendido para no sostener la responsabilidad de ser alguien que no cabe en cualquier lado, porque la personalidad es imposible de evitar y la tuya, aunque te pese, no es de perfil bajo ni de consumo masivo.

Nos enseñan a querer gente que luego se torna espantosa, y ahí empieza el primer fraude emocional, te educan para sostener vínculos por inercia, por costumbre, por miedo, por narrativa, y tú compras todo el paquete completo, romántico, bohemio, erótico y festivo, creyendo que el amor todo lo puede, que insistir es virtud y que soltar es fracaso, cuando la realidad, más vieja que el hambre, es otra: el amor no hace daño, hacen daño las personas que no saben cómo usarlo. Pero tú, fiel a la épica personal, te conviertes en redentor de causas perdidas, terapeuta sin título, rescatista de gente emocionalmente indispuesta, como si el desgaste fuera medalla y no advertencia.

Y entonces te quedas donde no te eligen, donde no te priorizan, donde no te sostienen, pero eso sí, te dan lo suficiente para que no te vayas del todo, migajas emocionales bien dosificadas, intermitencia con horario de oficina, y tú apostando como si esta vez sí fuera la buena, pues cuando uno siembra necesidad cosecha limosnas. Pero claro, te puede más el miedo a quedarte solo que el respeto a ti mismo, y ahí es donde se cocina la tragedia cotidiana; les gusta estar metidos en relaciones donde saben que no los aman para después andarse quejando de que nunca los amaron, pues qué te digo, la gente es pendeja y en manada peor, y uno termina participando en su propia desvalorización con una disciplina que ya quisiera cualquier atleta olímpico.

Negocias lo innegociable, te adaptas a lo inaceptable, rebajas estándares con una facilidad que espanta, y lo peor es que te convences de que es madurez, de que es empatía, de que es amor consciente, cuando en realidad es puro circo, maroma, teatro y títeres a más cuatro. Te cuentas historias para justificar lo evidente, te haces cómplice de tu propia incomodidad, y ahí vas, aguantando, esperando, racionalizando, como si el tiempo fuera a convertir lo mediocre en extraordinario, como si la insistencia fuera a generar reciprocidad, no te prendas fuego por querer dar calor, porque eso no es amor, eso es abandono disfrazado de lealtad, es una forma elegante de no elegirse.

Y luego lloras, claro que lloras, pero ni siquiera lloras por quien se fue, lloras por la versión tuya que se quedó ahí aguantando como si no tuviera opción, como si no supieras que tu energía es sagrada. Porque sí, aunque te cueste sostenerlo sin incomodarte, eres de esos encuentros que no se repiten, de esos que dejan huella aunque no hagan ruido, de esos que no son para cualquiera, porque tibio nada, ni el café, ni la cerveza, ni la gente, ni el amor , y eso, que debería ser fortaleza; lo conviertes en problema cuando lo pones al servicio de quien no lo sabe valorar.

Pero se te olvida, se te olvida cabrón, y empiezas a aceptar menos de lo que mereces, a romantizar lo mínimo, a justificar lo mediocre, a quedarte donde claramente no hay futuro, donde todo es prometer hasta meter y ya metido, ¡tenga lo prometido!, y luego te sorprendes del desenlace como si no hubiera sido evidente desde el inicio, como si no supieras leer señales, como si no tuvieras ya la experiencia suficiente para ver venir a los pendejos de lejos.

Así que aquí no hay poesía bonita ni cierre esperanzador de Pinterest, deja ir personas y cosas que simplemente no te quieren sumar. No por orgullo, no por berrinche, no por hacerte el interesante, sino por una cosa muy básica que parece escasa: dignidad. Hasta que la dignidad se haga costumbre, hasta que entiendas que las personas aportan o se apartan, no idealices, hasta que internalices que a quien no le gustes que se quite de en medio pero tú jamás cortes tu camino.

Porque perder gente no es tragedia, tragedia es perderte a ti por sostener lo insostenible, por quedarte donde no floreces, por insistir donde ya es más que evidente que no es, y en ese punto no hay destino, ni karma, ni excusa espiritual que te salve, hay decisiones. Suelto y confío, no como mantra vacío, sino como acto de congruencia, porque al final, ojalá que lo que están buscando, valga más que lo que están perdiendo. Y si no… al tiempo.

Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.


Comments

  1. Me encantó! Muy cierto!!!👏👏👏👏👏👏

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