Si me incomodo yo, nos incomodamos todos.
Hay una idea profundamente equivocada de la educación que consiste en creer que ser elegante es soportar. Soportar el comentario disfrazado de chiste, la ironía malintencionada, la pulla perfectamente calibrada para dejarte en mal y luego esconderse detrás del "ay, era broma". Y no. Una cosa es saber estar, y otra muy distinta convertirse en cómplice del peladaje disfrazado de gente bien. La vulgaridad nunca fue sustituto del ingenio, aunque haya quien la rocíe con perfume caro y la sirva en copa de cristal.
Yo hace mucho decidí que no participo en eso. No porque me guste el conflicto, sino porque con la experiencia ya ves venir a los pendejos de lejos. Hay una energía muy específica en la gente que disfruta incomodar, disminuir o humillar con sutileza; esa fauna que se siente ingeniosa cuando en realidad sólo es cruel con buena dicción.
Mi respuesta favorita es la más simple y, probablemente, la más devastadora: pedir explicaciones. "Perdón, no entendí, ¿qué quisiste decir?". Y ahí empieza Cristo a padecer. Porque el comentario que parecía brillante mientras flotaba en la ambigüedad se vuelve un cadáver en cuanto tiene que explicarse. No hay criatura más frágil que el pasivo-agresivo obligado a hacerse responsable de sus propias palabras. Ahí se les desamarra el mixote. Y entonces llega ese silencio maravilloso en el que todo mundo descubre que el emperador no iba vestido de ironía fina, sino de mezquindad.
Lo verdaderamente fascinante es que la gente se incomoda más cuando nombras la agresión que cuando ocurre. Como si el problema fuera quien arruina el ambiente y no quien lo contaminó. Qué curiosa forma de convivencia. Nos enseñan a querer gente que luego se torna espantosa y, peor aún, a justificarla. "Así es". "No lo hace con mala intención". "Déjalo pasar". Pues qué positiva forma de asimilar un desastre.
La gente perdona muchas cosas, menos las perversidades, y yo añadiría que el cuerpo tampoco. Uno se traga suficiente veneno social y termina sonriendo en cenas donde en realidad preferiría aventar el pan. Porque hay algo profundamente tramposo en exigirle compostura a quien fue blanco del golpe, como si señalar el mal gusto fuera peor que ejercerlo. Como si el problema fuera la reacción y no la intención original.
Y no. Si lo que vas a decir no es más hermoso que el silencio, entonces cállate. Porque después no pretendan que uno participe de la ficción colectiva de que aquí no pasó nada. Aquí pasó. Y yo lo vi.
Tampoco se trata de vivir en guerra santa. No toda torpeza es maldad. No toda incomodidad merece un duelo a muerte. A veces la gente simplemente mastica agua. Pero hay comentarios que uno reconoce inmediatamente porque la personalidad es imposible de evitar. Ese tonito de quien quiere hacerse el loco; ese afán de quien necesita bajarte un escalón para sentirse menos irrelevante. Y discúlpame, pero más grande que yo… la tierra, y la estoy pisando.
Hay gente que interpreta cualquier límite como arrogancia. Mi seguridad desde tu inseguridad te hace verme arrogante; problema administrativo tuyo. Porque decir lo que sientes no arruina un vínculo seguro, lo revela. Si pedir respeto dinamita una relación, entonces no había vínculo, había un acuerdo donde yo me callaba y tú hacías lo que te daba la gana. Y para nada, cristianamente hablando.
Siempre me enternece la gente encantada de repartir incomodidad hasta que alguien les devuelve el paquete con moñito. Ahí sí viene el sofocón, el berrinche, la sensibilidad repentina, el "qué necesidad", como si uno hubiera irrumpido con violencia en una misa y no simplemente contestado en el mismo idioma que ellos juraban dominar.
Con los años también descubrí que mucho carácter es una criba natural de idiotas, lo cual me parece un servicio social bastante útil. Porque no necesito caerle bien a todo mundo, y es de mala higiene espiritual quererse juntar con todos.
La madurez, al menos para mí, no consistió en volverme más tolerante con la falta de respeto. Consistió en dejar de confundir educación con sumisión. En entender que poner límites no me vuelve conflictivo, me vuelve claro. Que no estoy obligado a hacer cómoda la experiencia de quien decidió ser incómodo o inoportuno conmigo. Que no necesito ser pequeño para que otros se sientan grandes.
Así que sí, si decides incomodarme con sarcasmitos, comentarios envenenados, imprudencias o humor de baja monta, no voy a ayudarte a conservar la ficción de tu elegancia, inteligencia o aparente sinceridad. Porque somos adultos. Y precisamente por eso, si me incomodo yo, nos incomodamos todos; no para aliviarme yo, sino para que quien provocó la incomodidad se haga responsable de ella.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
Comments
Post a Comment