Cuando el cerebro decora el pasado y diciembre nos desarma inventando ternuras.
Diciembre tiene una manera muy suya de meterse debajo de la piel, como si estuviera esperando todo el año para recordarnos cosas que ya habíamos guardado en cajas mentales sin etiqueta. Basta una luz mal colgada o el olor prematuro a canela para que el pasado empiece a tocar la puerta, no con la cortesía de quien viene de visita, sino con la insistencia de quien tiene llave propia. Y uno abre, porque siempre abrimos. Porque somos débiles ante lo que alguna vez fuimos, aunque lo que fuimos tenga más huecos que certezas.
La nostalgia decembrina no pregunta si estamos listos. Se instala. Nos repite escenas que no sucedieron exactamente así, pero que en nuestra memoria se ven más suaves, más cálidas, más dignas de pertenecer a un álbum. Y yo no sé si eso es una crueldad elegante o un acto de misericordia. A veces parece que la memoria, en un intento por no lastimarnos, nos miente tantito. Nos muestra un diciembre donde nada se rompía, donde todos estábamos completos, donde nadie tenía prisa por irse. Pero el pasado es bueno para maquillarse en la oscuridad. Uno lo recuerda como quiere, no como fue.
Y aun así, caemos. Porque hay algo muy humano, y muy vulnerable, en querer creer que hubo un tiempo más sencillo. Que alguna versión de nosotros vivió sin tantas aristas, sin tantas despedidas, sin tanto cansancio acumulado en los hombros. Diciembre, con esa luz indecente que ilumina hasta lo que uno ya no quería ver, nos hace comparar lo que somos ahora con ese montaje dorado que la memoria produce sin consultarnos. Y claro, siempre salimos perdiendo. El presente no compite contra retablos.
Pero qué ironía, la nostalgia que a veces nos hiere también nos enseña. Porque cuando extraño algo del pasado, muchas veces no extraño el pasado. Me extraño a mí. Extraño la facilidad con la que antes me ilusionaba, la manera en que podía estar entero en un cuarto sin estar revisando mis cansancios. Extraño la simpleza de sentir sin inventar explicaciones. Y en diciembre, que es un mes con vocación de espejo, esa falta se nota más.
Y sin embargo, no quiero que la nostalgia sea mi brújula. Dejarle el timón sería una forma muy educada de rendirse. Prefiero usarla como se usan los recuerdos cuando uno ya aprendió algo, pues los miro, los abrazo, les agradezco, pero no les dejo decidir por mí. Porque la nostalgia es buena para acariciar el alma, pero pésima para dirigirla.
Diciembre, con su calendario lleno de expectativas ajenas, siempre quiere obligarnos a sentir algo. Alegría, unión, paz, o lo que dicte el guión colectivo. Pero yo ya no quiero fiestas emocionales por obligación. No quiero fingir entusiasmo cuando lo que realmente tengo es quietud. No quiero importarle a diciembre más de lo que me importo a mí. Y eso, curiosamente, también es un acto de amor. Un amor más cercano, suave pero firme, cálido pero con filo, íntimo pero sin perder la dignidad.
Así que este año, si la nostalgia llega (y sé que va a llegar, porque a diciembre no le gusta quedarse afuera), la voy a dejar pasar. Pero no le voy a servir café. Que se siente un rato si quiere, que mire lo que quiera mirar. Yo mientras tanto voy a estar aquí, en lo que soy ahora, tratando de no compararme con versiones inventadas de mí mismo. Tratando de vivir con la verdad, aunque tenga bordes. Tratando de estar sin máscara, sin guión, sin deberle al mes una emoción que no tengo.
Porque si algo he aprendido es que la memoria puede mentir, pero el presente no. El presente no sabe actuar. El presente es lo único que no se disfraza. Y vivirlo como venga, con la nostalgia tocando a veces y el silencio acompañando otras, también es una forma de crecer. Una forma honesta, quizá la única que vale la pena.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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