Los Reyes Magos y el noble oficio de regalar lo que nadie pidió.
Los Reyes Magos llegan cada 6 de enero con una puntualidad que ya quisieran muchas instituciones públicas y casi todos los compromisos humanos. Pase lo que pase, sin importar el estado del mundo ni el desgaste de quienes lo habitan, ellos aparecen. Persistentes. Imperturbables. Convencidos de que cumplir el calendario equivale a comprender la realidad. Hay que admitirlo, constancia no les falta. Sensibilidad al contexto, en cambio, nunca fue su fuerte.
Melchor, Gaspar y Baltasar continúan trayendo oro, incienso y mirra, una combinación tan solemne como inútil para alguien que acaba de nacer y profundamente reveladora para quienes llevamos años intentando que la vida funcione sin instrucciones claras.
El oro simboliza el éxito, ese ideal venerado que, una vez alcanzado, suele traer consigo insomnio, ansiedad y una incómoda sospecha de vacío. El incienso sirve para perfumar aquello que preferimos no enfrentar, como el cansancio, los errores repetidos, las decisiones que seguimos posponiendo con una elegancia que ya nadie aplaude. Y la mirra, ese regalo extraño que nadie sabe bien para qué sirve, existe sólo para recordarnos que incluso lo sagrado puede ser incómodo, poco práctico y francamente decepcionante.
Con los años dejamos de pedir juguetes y empezamos a pedir cosas supuestamente más maduras, tales como paz, claridad, estabilidad emocional, algo parecido al equilibrio y, si hay suerte, un poco de sentido común. Los Santos Reyes, fieles a su tradición de no escuchar, siguen sin entender el encargo. No llegan con respuestas, llegan con silencios. No traen soluciones, traen cansancio acumulado y esa sensación persistente de que algo falta, aunque nadie se atreva a decir exactamente qué, por miedo a confirmarlo.
Hay algo casi admirable en esa terquedad. Año tras año escribimos la carta con la esperanza, siempre optimista y casi infantil, de que esta vez leerán con atención. Que ahora sí el regalo será útil, oportuno, acorde a la etapa vital en la que estamos. Pero los Reyes no leen contextos ni revisan antecedentes. No preguntan, no ajustan, no corrigen. Llegan con lo de siempre y nos dejan a nosotros la tarea de interpretarlo, administrarlo y, con un poco de dignidad, no frustrarnos demasiado en el proceso.
Por eso burlarse de ellos no es cinismo, es higiene mental. No es que no existan; es que nunca llegan con lo que creemos necesitar. Llegan con lo que incomoda, con lo que revela, con lo que no se puede devolver ni cambiar por algo más funcional. Llegan para recordarnos que nadie va a traducir la vida por nosotros, aunque llevemos años esperando ese favor.
Al final, los Reyes Magos se van sin despedirse, dejando papel de regalo, migajas de rosca y una enseñanza involuntaria que se repite con puntualidad sospechosa: nadie va a venir a resolver lo que llevamos años postergando. Ellos cumplen con aparecer. Hacerse cargo, como siempre, queda de nuestro lado.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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