Navidad y esa paz chiquita que, aun breve, alcanza para volver a respirar.

Cada diciembre vuelvo a la calenda de Navidad como quien abre un cofre antiguo que huele a memoria y milagro. Todo empieza con Dios separando cielo y tierra, un gesto rotundo que parece necesitar proclamarse para que nadie olvide la dimensión del inicio. Y yo lo leo con ese asombro que sólo conceden las cosas viejas y sabias. Me recuerda que también en mi vida hay comienzos que exagero un poco, como para justificar por qué me sigue importando tanto lo que me importa.

Luego llega el diluvio, y el arco en las nubes prometiendo paz. Y sonrío con ironía, porque a diciembre uno siempre llega cargando diluvios propios, empapado hasta los huesos por errores que duelen más de lo que deberían, por amores que no supieron quedarse, por culpas que se aferran como humedad en las paredes. Pero cada año, sin falta, algo en este mes vuelve a colgar un arco sobre nuestras cabezas y nos hace creer, aunque sea tantito, que la tregua es posible.

Cuando la calenda habla de generaciones, me provoca una ternura risueña. Veintiuna generaciones después de Abraham, dice. Y yo pienso en las mías, esas herencias torpes que no caben en la Biblia pero sí en los ojos, en los miedos, en los hábitos que prometí enterrar y sin embargo siguen apareciendo, tercos, insolentes. Navidad tiene la habilidad descarada de traer a la mesa no sólo a la familia que tenemos, sino a la que cargamos por dentro, la que respiramos sin darnos cuenta, la que se cuela en cada decisión que tomamos como si viniera dictada desde siglos atrás.

Luego aparece Moisés, trece siglos después, abriendo mares y sacando pueblos enteros de Egipto. Y ahí me descubro buscando mis propios Egiptos. Esos lugares donde estuve esclavizado a alguien, a algo, a un deseo que me dejó encadenado, a una ausencia que no me soltaba. También yo he querido cruzar un mar que a veces se abre, a veces no, pero siempre me tienta. Diciembre es ese mar. Incierto, brillante, vivo.

Después surge David coronado rey, y me quedo pensando en la vida cuando tiene la decencia de sorprender. A veces uno empieza el año derrotado, masticando polvo, y lo termina recuperando una corona que ya ni recordaba. Hay victorias silenciosas que diciembre revela con una pudorosa ternura, como si supiera que ciertos triunfos sólo pueden confesarse cuando ya pasó lo peor.

La calenda entonces se llena de fechas solemnes: la olimpiada ciento noventa y cuatro, los 752 años de la fundación de Roma, el imperio de Augusto, la supuesta paz que reinaba en la tierra. Y me río bajo, porque esa paz nunca ha sido del todo cierta. El mundo siempre ha sido un nido de contradicciones, igual que ahora. La calma es un lujo breve, un suspiro que se escapa apenas nace. Quizá por eso diciembre nos conmueve, porque nos regala una paz chiquita, íntima, de esas que alcanzan para respirar sin pedir permiso.

Y al final, el anuncio que lo redime todo. Después de siglos de guerras, profecías, reyes y diluvios, lo que cambia al mundo es un nacimiento mínimo. Nada grandioso, nada que haga temblar la tierra. Sólo un niño llegando al frío de Belén. Y ahí, cada año, algo en mí se derrumba, porque me recuerda que lo que salva casi nunca hace ruido. Lo que renueva es lo pequeño, lo recién nacido, lo que apenas se atreve a existir.

Quizá por eso celebramos aunque estemos cansados o descreídos. Porque todos buscamos ese pequeño Belén adentro, esa posibilidad de empezar sin que el pasado nos persiga tanto. Todos queremos un nacimiento que nos ordene el alma, que nos devuelva el pulso, que nos cure un pedazo de sombra. Porque al final yo también deseo renacer completo, insolente y luminoso, aunque el mundo se empeñe en lo contrario.

Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.

Comments