Walpurgis: la santa que exorcizó brujas y terminó invocada por ellas.
Cada 30 de abril, cuando el invierno termina de morirse y la primavera aún no sabe si quedarse o huir, el mundo se enciende con una mezcla de fuego, perfume y memoria. En los montes del norte de Europa, las hogueras se levantan como lenguas antiguas que repiten el nombre de una mujer: Walpurgis. Y mientras el calendario cristiano la recuerda como santa, el aire nocturno la reclama como símbolo. En esa contradicción vive su fuerza, la santa que vino a exorcizar brujas y terminó invocada por ellas.
Walpurgis fue una mujer inglesa del siglo VIII, hija de santos y de la fe más disciplinada. Creció entre rezos, plegarias y silencios. Viajó a la Germania pagana, donde el bosque era todavía una catedral sin techo y los ríos tenían diosas en vez de peces. Allí curó enfermos, escribió milagros y enfrentó demonios con una serenidad que sólo tienen las mujeres que aprendieron a creer sin pedir permiso. Cuando murió, la Iglesia la canonizó, y su nombre se llenó de incienso. Pero la historia, que es más sabia que el dogma, la resucitó bajo otra luz.
Resulta que su fiesta, el 1 de mayo, coincidía con antiguos ritos de fertilidad dedicados a Freyja, la diosa nórdica del amor y la magia. En esos rituales, las mujeres danzaban alrededor del fuego, celebrando la fecundidad de la tierra y la suya propia. Cuando el cristianismo intentó imponer su calendario, rebautizó la fecha con el nombre de la santa inglesa. Fue un acto de astucia, pues si no puedes apagar un fuego, al menos cúbrelo con agua bendita. Pero bajo el agua, las brasas siguieron vivas. Y así, con el paso de los siglos, la santa y la diosa quedaron entrelazadas en un mismo cuerpo simbólico, la pureza y el deseo compartiendo nombre y fecha.
En Alemania, las leyendas contaban que, en la víspera de Walpurgis, las brujas volaban al monte Brocken para celebrar su aquelarre. Desde allí veían el amanecer sobre los valles como una promesa. En los monasterios, esa misma noche, los monjes encendían velas para pedir la protección de la santa contra los espíritus malignos. Dos rituales opuestos, una sola llama. Lo que unos ofrecían en penitencia, otros lo ofrecían en placer. Y quizá, sin saberlo, todos encendían el mismo fuego, el de lo sagrado.
Goethe entendió la paradoja y la convirtió en literatura. En Fausto, la Walpurgisnacht es un carnaval del alma, una orgía donde los cuerpos se desatan, las brujas ríen y los santos se confunden con los pecadores. No hay culpa ni redención, sólo la libertad de ser. Goethe, como tantos otros, vio en esa noche una metáfora de lo que somos, seres que buscan a Dios y tropiezan con el deseo, criaturas que rezan y pecan con la misma intensidad. En esa tensión está la belleza. En esa contradicción habita lo humano.
Walpurgis es el nombre de esa contradicción, la unión entre la santidad y la herejía, la oración y el conjuro, la cruz y la escoba. La Iglesia quiso hacerla patrona contra los hechizos, pero el tiempo la volvió patrona de las mujeres que se niegan a ser exorcizadas. Y no sólo las mujeres, también los hombres, los que aman distinto, los que dudan, los que sienten que la fe no tiene por qué ser sumisión. En su nombre caben todas las formas de resistencia, las visibles y las que arden en silencio.
Quizá por eso me resulta tan cercana. Porque Walpurgis no es una figura para entender, sino para sentir. Es la noche donde los dogmas se ablandan y el cuerpo se vuelve oración. Es el fuego que purifica sin destruir, el que no castiga sino que despierta. En ella hay un recordatorio que siempre me conmueve, no hay santidad sin sombra, ni luz que no haya amado la oscuridad.
Cada año, cuando llega su noche, pienso en todas las veces que la fe fue usada como frontera. En todos los cuerpos negados, los deseos ahogados, las lenguas silenciadas. Y me pregunto si no será hora de reconciliarnos con ese fuego. De aceptar que hay rezos que se dicen con los labios y otros que sólo entienden las manos. Que el pecado, a veces, no es más que otra forma de buscar a Dios.
Por eso, cuando miro una hoguera, no pienso en castigo. Pienso en ofrenda. En el fuego que limpia sin borrar, que ilumina sin juzgar. Y sí, creo en los santos. Pero en los que arden. En los que supieron dudar, amar y perder sin dejar de creer. En los que no exorcizan el deseo, sino que lo bendicen.
Que ardan las montañas, que bailen las brujas, que los santos bajen del cielo a mirar el fuego sin miedo. Que cada llama sea un rezo y cada rezo una chispa.
Porque hay noches, y almas, que nacieron para arder sin pedir perdón.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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