"Adultos", la ficción mejor sostenida de nuestro tiempo.
Querido y fiel lector,
Hay ciertas historias que esta sociedad prefiere a la verdad. Entre ellas, ninguna goza de mayor prestigio que aquella en la que un adulto asegura, con voz serena, gesto sobrio y una calma cuidadosamente ensayada, que todo está bajo control. Poco importa que dicha afirmación se sostenga sobre noches mal dormidas, decisiones aplazadas y un cansancio que ya aprendió a maquillarse. Lo esencial es la firmeza con la que se enuncia, como si repetirla bastara para volverla cierta.
Porque la madurez, conviene decirlo sin rodeos, rara vez es un estado real. Es, más bien, un relato bien contado. Una narración afinada a base de opiniones contundentes, consejos ofrecidos sin que nadie los pida y silencios estratégicos sobre aquello que aún no comprendemos ni tenemos intención de examinar de cerca.
Del adulto se espera aplomo. Se espera que explique el mundo, que tenga respuestas y que jamás admita estar improvisando. Y así, muchos aprendimos a representarnos como personas resueltas mientras seguimos tomando decisiones exactamente como siempre, con intuición, algo de miedo y la esperanza discreta de que nadie note el temblor.
La serenidad se ha convertido en un distintivo social, casi en un título nobiliario. Se exhibe en sobremesas, juntas y conversaciones casuales, como si perder la compostura fuese una falta grave al decoro adulto. Nadie confiesa que sigue sin entender del todo el amor, el trabajo, la vocación o el rumbo; es más elegante sugerir que todo forma parte de un plan superior, tan sofisticado como inexplicable.
Jamás hubo tanta información, tantos manuales para "vivir correctamente" ni tantas fórmulas para ordenar la existencia. Y, sin embargo, seguimos avanzando con la misma incertidumbre de siempre. La diferencia es que ahora sabemos narrarla mejor. Sabemos justificarla, envolverla en discursos sensatos y presentarla como elección consciente, cuando en realidad sigue siendo una apuesta.
No se trata de mentir, al menos no de forma burda. La mayoría simplemente edita. Pule el relato hasta que suene coherente, adulto, respetable. Porque admitir que no sabemos qué estamos haciendo continúa siendo visto como una debilidad, cuando quizá sea el gesto más honesto que esta etapa permite.
Tal vez la verdadera madurez no consista en tener todo bajo control, sino en saber fingirlo con elegancia. En comprender que crecer no es alcanzar certezas, sino aprender a caminar con dudas bien vestidas. Y que detrás de cada adulto aparentemente resuelto hay alguien haciendo lo mismo que todos, avanzando, dudando y esperando que el relato, por una vez más, alcance.
Y ahora, si me disculpan, debo retirarme. Hay ficciones e historias que exigen mantenimiento constante… y la de tener control de mi vida, créanme, es la más demandante de todas.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
(Este texto se escribe así con motivo del estreno de la nueva temporada de Bridgerton, antes de que el autor vuelva a su condición habitual y abandone, sin mayor ceremonia, a la cronista victoriana que lo ha poseído).
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