La gente que vive de interpretarse a sí misma.
Hay un tipo de persona que no vive: se interpreta. Se observa, se explica, se analiza con una dedicación que en otros tiempos estaba reservada para la teología o la metafísica. Todo en su vida requiere una explicación, desde el deseo, la tristeza, el enojo, el silencio, hasta el desayuno. Nada ocurre simplemente, todo tiene que ser procesado, nombrado, entendido, resignificado. Es como si cada instante de la existencia tuviera que pasar por una especie de comité psicológico antes de poder sentirse plenamente. Luego la gente tiene mucha imaginación… o hipocondría. Y así, entre diagnósticos improvisados y conceptos que suenan profundos, terminan convirtiendo la vida en una especie de comentario perpetuo sobre sí mismos, una narración interminable donde ellos son al mismo tiempo el protagonista, el crítico y el comentarista. Y uno sospecha que, en el fondo, esos son los estragos que provoca la falta de autocrítica.
No se trata de despreciar la introspección. Conocerse es una empresa respetable, casi heroica. Pero hay quienes han hecho de esa empresa un modo de vida, y no necesariamente uno muy interesante. Porque la introspección puede convertirse en una forma muy refinada de inmovilidad. Se habla mucho de sanar, de procesar, de integrar, de cerrar ciclos. Palabras hermosas, desde luego. Pero a veces uno sospecha que detrás de tanta arquitectura verbal hay algo mucho más simple, una incapacidad de vivir sin explicarse tanto. Porque la vida, conviene recordarlo, no siempre exige comprensión; a veces exige presencia. Hay cosas que se entienden después, otras nunca, y muchas que simplemente se viven. Pero para estas personas todo debe ser interpretado como si la existencia fuera un texto sagrado lleno de símbolos. Y mientras tanto el tiempo pasa, el mundo gira y nosotros seguimos recordando algo que siempre fue cierto, nos untaron la muerte en las plantas de los pies desde nuestro nacimiento.
También ocurre algo curioso con quienes viven de interpretarse a sí mismos, suelen desarrollar una extraordinaria facilidad para interpretar a los demás. De pronto todos tienen diagnósticos psicológicos, lecturas energéticas, explicaciones sofisticadas sobre las conductas ajenas. En una sobremesa cualquiera se convierten en analistas improvisados del alma humana. Hablan de heridas, de patrones, de vínculos, de límites. Y uno los escucha con paciencia, porque al final la gente inteligente no se ofende, simplemente saca conclusiones. Y la conclusión suele ser sencilla, explicar no es comprender, y comprender no es necesariamente vivir mejor. A veces tanta explicación solo revela que mi género literario favorito es el chisme, adornado ahora con terminología terapéutica para que parezca más elevado.
Hay además en esta gente una tendencia peculiar a narrar su propia vida como si fuera una obra literaria en desarrollo. Todo se convierte en capítulo, en proceso, en aprendizaje. Las relaciones no terminan, pues se transforman en experiencias evolutivas. Las decepciones no duelen, se integran como lecciones. Incluso los errores adquieren una dignidad narrativa que casi los vuelve elegantes. Pero uno, que ha vivido lo suficiente para desconfiar de ciertas sofisticaciones emocionales, termina pensando que mi mayor error fue la falta de imaginación, porque jamás imaginé que la gente llegaría a interpretar tanto su propia vida que olvidaría simplemente vivirla.
Y es que el problema de interpretarse demasiado no es la profundidad, sino el exceso de discurso. Hay personas que no pueden experimentar una emoción sin convertirla inmediatamente en teoría. Si aman, lo explican; si sufren, lo conceptualizan; si se equivocan, lo reinterpretan. Pero la vida no siempre tiene la cortesía de ajustarse a nuestras explicaciones. A veces irrumpe de manera torpe, absurda, desordenada. Y entonces descubrimos que tanta interpretación servía más para tranquilizar la mente que para comprender la realidad. En esos momentos uno aprende algo elemental, que no es imprudencia, es curiosidad seguir viviendo sin entenderlo todo.
Con el tiempo, además, uno se vuelve más selectivo con ese tipo de conversaciones. Porque escuchar durante horas las elaboradas interpretaciones de la vida ajena puede ser agotador. No por falta de empatía, sino por una simple cuestión de higiene espiritual. Es de mala higiene espiritual quererse juntar con todo mundo, sobre todo con quienes han convertido su propia subjetividad en el centro del universo. Hay algo profundamente cansado en esa necesidad constante de explicar cada emoción, cada vínculo, cada recuerdo. Como si la vida necesitara un manual para ser vivida.
Tal vez por eso conviene recordar algo mucho más sencillo. No todo debe ser interpretado. No todo tiene que ser explicado. Hay momentos en los que la verdadera elegancia consiste en vivir sin tanto comentario interior. Mirar el mundo, aceptar sus contradicciones, permitir que las cosas ocurran sin necesidad de convertirlas inmediatamente en teoría. Porque al final la existencia no es un tratado psicológico ni una tesis sobre el yo. Es una serie de encuentros, pérdidas, coincidencias y accidentes que rara vez obedecen a nuestras interpretaciones. Y en medio de ese caos delicado, uno aprende algo que siempre me ha parecido más honesto, que yo no aspiro solamente a la felicidad; aspiro también a la anécdota. A esa pequeña historia que un día podremos contar sin necesidad de explicarla demasiado.
Y quizás ahí esté la verdadera diferencia entre vivir y vivir interpretándose. Vivir es aceptar que muchas cosas no se entenderán del todo, que algunas decisiones serán absurdas y que muchas emociones escaparán a cualquier explicación elegante. Interpretarse, en cambio, es intentar domesticar la experiencia con palabras, como si el lenguaje pudiera ordenar completamente el misterio de estar vivos. Pero la vida siempre termina desbordando cualquier teoría. Y tal vez eso sea lo más hermoso de todo.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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