Los silencios bíblicos y la gente que necesita gritar para existir.
Hay silencios que no son ausencia, son frontera. La Biblia está llena de ellos y, paradójicamente, eso es lo que más desespera. Porque el silencio no se puede manipular, no se puede subrayar, no se puede usar como garrote moral. El silencio te devuelve la responsabilidad. Y eso es insoportable para quien necesita reglas claras para no pensar, para quien quiere vivir con la boca abierta y el brazo tendido, esperando que alguien más le diga qué es bueno, qué es malo y a quién se le permite la redención.
Dios calla, mucho. Y ese silencio no es descuido, es advertencia. Es una forma elegante de decir "hasta aquí llego yo". Porque no podemos reducir una condición humana a un tema preceptivo, aunque haya quien viva obsesionado con hacerlo. El silencio bíblico es un espacio incómodo donde no hay atajos, donde existir es ser percibido, pero no necesariamente aprobado, y donde la conciencia no se alquila al pensamiento colectivo.
El verdadero problema no es que Dios calle. El problema es la gente que no soporta callar por Él. Esa fauna que pulula, convencida de que su opinión es mandato divino, de que su miedo es doctrina, de que su prejuicio tiene respaldo celestial. Y no, porque utilizar el nombre de Dios para discriminar, violentar o juzgar es blasfemia, aunque venga envuelto en lenguaje bonito, incienso barato y sonrisas de superioridad moral.
Cristo también entendía el silencio. Calló ante Herodes, calló ante la burla, calló ante preguntas tramposas. No porque no tuviera respuesta, sino porque no toda pregunta merece voz. Hay preguntas que no buscan verdad, buscan permiso para matar. Y ante eso, el silencio no es cobardía, es carácter. Porque la elegancia va con uno, no es algo que se pueda dejar en casa, ni siquiera cuando se habla de fe.
Pero el silencio incomoda. Incomoda porque no explica por qué el justo sufre y el imbécil prospera. Porque no garantiza que portarte "bien" te libre del dolor. Porque no ofrece finales cerrados. En el acto de nacer y de morir, escaso es nuestro poder y abundante nuestra soledad, y no hay dogma que tape eso sin volverse propaganda.
Entonces aparece la espiritualidad de cartón. La que rellena silencios con frases bonitas, la que confunde fe con performance, la que vende "luz" como si fuera membresía. Y no. La vulgaridad no es sustituto del ingenio, y la espiritualidad sin autocrítica es solo narcisismo con vocabulario místico. Porque la honestidad tiene más ética que la pureza impostada.
Los silencios bíblicos existen también sobre el cuerpo, sobre el deseo, sobre el amor que no cabe en la norma. Y ahí es donde muchos pierden la compostura. Donde quieren legislar lo que no entienden, donde necesitan condenar para no mirarse. Pero nada humano me es ajeno, ni el deseo mal acomodado, ni la duda, ni la contradicción. Lo ajeno es la crueldad que se disfraza de virtud.
La fe sin silencio es control. La certeza absoluta es soberbia. Y la tolerancia ilimitada no es virtud, sino claudicación del juicio frente al absurdo. El absurdo de creer que Dios necesita intérpretes histéricos, que la conciencia es peligrosa y que el castigo ajeno es una forma válida de salvación.
Quien no soporta el silencio termina hablando demasiado. Termina juzgando, señalando, expulsando. Termina creyendo que cara, tipo y saber estar equivalen a obedecer sin preguntar. Pero la falta de compasión puede ser tan vulgar como el exceso de lágrimas, y hay lágrimas muy bien ensayadas que sólo buscan absolver al verdugo.
El silencio bíblico no abandona, desnuda. Te deja sin excusas, sin coartadas, sin versículos usados como arma. Te enfrenta a lo único que no puedes delegar, tu ética. Porque la redención no admite límites fijados por terceros, y quien intenta imponerlos suele tener un excesivo interés en ellos que da lugar a suspicacias.
Tal vez Dios calla porque sabe algo que a muchos les aterra, que no es lo mismo invocar al diablo que verlo llegar, y que muchas veces llega disfrazado de buena intención, de moral altísima y de discursos impecables. Tal vez calla porque confía más en tu capacidad de discernir que tú mismo.
El silencio bíblico no pide obediencia ciega, pide adultez, pide hacerse cargo y pide entender incluso la fe.
Y eso, en un mundo que necesita instrucciones para todo, es incendiar el templo desde dentro.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
Comments
Post a Comment