No hay odio más puro que el amor cristiano; dicen que Dios también opina.
No hay odio más puro que el amor cristiano porque no se reconoce como odio. No necesita gritar, no necesita insultar, no necesita ensuciarse; se arrodilla, se santigua y desde ahí señala. Es un odio limpio, perfumado de virtud, administrado con una sonrisa y un "te lo digo por tu bien" que cae más pesado que cualquier mentada de madre. No excluye, corrige; no desprecia, orienta; no violenta, "acompaña". Y en ese lenguaje suave, casi maternal, se esconde una de las formas más eficaces de desprecio, la que no admite réplica porque se cree moralmente superior.
El truco es perfecto. No te rechazan, te toleran. No te condenan, pero te invitan a cambiar. No te expulsan, pero te recuerdan constantemente que así como eres no estás del todo bien. Es el amor condicionado que se disfraza de infinito. El abrazo que aprieta lo suficiente para que entiendas que hay una versión de ti que sería más digna de ser amada. Porque el problema nunca es el amor, claro, el problema eres tú.
Ese "pero", ese maldito "pero", ha hecho más daño que el odio frontal. "Dios te ama, pero…" "No te juzgo, pero…" "Eres libre, pero…" Ese "pero" es la puerta de entrada a la jerarquía moral donde unos viven en gracia y otros en constante corrección. Donde hay quienes aman y quienes necesitan ser arreglados. Donde la dignidad no es un punto de partida, sino una recompensa condicionada al comportamiento. No podemos reducir una condición humana a un tema preceptivo. Y sin embargo, se hace todos los días, con una tranquilidad que asusta.
Porque cuando el amor necesita corregirte para poder tolerarte, no es amor, es soberbia con discurso religioso. Es la necesidad de sentirse del lado correcto de la historia, aunque para lograrlo haya que reducir al otro a un error moral. Y ahí es donde la fe deja de ser un acto íntimo y se vuelve espectáculo, una puesta en escena donde unos se salvan mirando y otros existen para ser señalados. No hay nada más cómodo que un Dios que siempre coincide contigo.
Y lo más inquietante es que funciona. Funciona porque no parece violencia. Funciona porque se transmite en la familia, en la sobremesa, en la escuela, en la mirada incómoda que no dice nada pero lo dice todo. Funciona porque quien lo ejerce duerme tranquilo, convencido de su bondad, incapaz de ver que ha convertido el amor en un filtro y la fe en un instrumento de control. La vulgaridad no es sustituto del ingenio, pero aquí ni siquiera hace falta ingenio, basta con repetir lo aprendido y bendecirlo.
Porque no hay nada más peligroso que alguien convencido de que ama mientras te reduce. Que te abraza mientras te mide. Que te incluye mientras te acomoda. Es un amor que no encuentra al otro, lo administra. Que no respeta, clasifica. Que no acompaña, corrige. Utilizar el nombre de Dios para discriminar, violentar o juzgar es blasfemia, aunque se diga en voz baja y con las manos juntas.
Y sin embargo, el verdadero escándalo no es ese. El verdadero escándalo sería un amor sin condiciones. Un amor que no necesite entender para respetar, que no exija transformación para otorgar dignidad, que no convierta la diferencia en problema. Pero ese amor no ordena, no tranquiliza, no sirve para construir superioridades. Ese amor no da poder. Y por eso incomoda.
Tal vez por eso preferimos el otro, el amor que juzga sin decir que juzga, que hiere sin parecer violento, que excluye sin ensuciarse. El amor que te mira con ternura mientras decide que así, como eres, no eres suficiente. La falta de compasión puede ser tan vulgar como el exceso de lágrimas, pero pocas cosas son tan refinadamente crueles como llamar amor a la corrección constante del otro.
Porque al final no se trata de Dios, se trata de poder humano. De quién define lo correcto, de quién reparte la dignidad, de quién decide qué vida merece ser vivida sin corrección. Y mientras ese poder se disfrace de amor, seguirá pasando por virtud.
No hay odio más puro que el que se arrodilla. No hay violencia más eficaz que la que se bendice. Y no hay nada más peligroso que alguien convencido de que amar es corregirte.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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