El teatro de la bondad y otras actuaciones sociales.
La obsesión moderna con parecer buena persona tiene algo de teatro escolar pues todos sabemos el guión, todos sabemos dónde aplaudir y, sobre todo, todos sabemos que nadie quiere ser el villano. En estos tiempos no basta con ser más o menos decente, eso sería demasiado discreto; ahora hay que parecerlo con entusiasmo, declararlo en voz alta, publicarlo, documentarlo y, si es posible, acompañarlo de una selfie con luz natural y una frase inspiradora que haga pensar que uno desayuna compasión y cena empatía. La bondad, que antes era un asunto íntimo y silencioso, hoy se ha convertido en una especie de espectáculo público donde cada quien compite por el aplauso moral de los demás.
Hay algo profundamente curioso en esta coreografía social. Nadie quiere admitir que tiene defectos comunes y corrientes como el egoísmo, pereza emocional o pequeñas miserias domésticas. No, no. Ahora todos somos almas en constante crecimiento, personas que “han trabajado mucho en sí mismas”, individuos que hablan de responsabilidad afectiva como si fuera una licenciatura y de límites emocionales como si fueran murallas medievales. El problema no es que la gente quiera mejorar, eso siempre ha sido noble; el problema es que ahora la narrativa de mejora se ha vuelto más importante que la mejora misma. Lo fundamental es decir que uno está sanando, aunque el único músculo que realmente esté ejercitando sea el de la autopromoción.
Uno ve esta obsesión en los lugares más insospechados. En conversaciones donde nadie pregunta nada pero todos ofrecen una versión muy editada de sí mismos. En redes sociales donde la bondad se mide en historias de veinticuatro horas. En discusiones donde el objetivo ya no es entender algo sino demostrar públicamente que uno está del lado correcto de la historia. Es una especie de desfile moral donde cada quien lleva su pancarta invisible que dice: “Yo soy una buena persona, por favor confirmen.”
Lo fascinante es que esta obsesión por parecer virtuoso suele convivir con una fragilidad notable. Basta un pequeño desacuerdo, una crítica tibia, una ironía mal interpretada, para que el edificio moral se tambalee como una torre de gelatina. Porque cuando la identidad depende demasiado de la aprobación externa, cualquier duda ajena se siente como un atentado personal. Y entonces aparecen los discursos grandilocuentes, las explicaciones interminables, las aclaraciones públicas que nadie pidió pero que sirven para restablecer el orden simbólico: tranquilos todos, sigo siendo una buena persona.
Tal vez lo más divertido, o lo más trágico, según el día, es que en esta carrera por parecer impecables hemos olvidado algo bastante elemental, que las buenas personas, en el sentido clásico del término, no solían preocuparse demasiado por demostrarlo. Hacían lo que podían, se equivocaban como cualquier mortal, pedían disculpas cuando tocaba y seguían adelante con esa mezcla tan humana de virtud y torpeza. No necesitaban certificados morales ni auditorías emocionales. Su bondad era más bien una costumbre silenciosa, casi doméstica, algo que se practicaba sin convertirlo en un espectáculo.
Quizá por eso resulta tan entrañable, y tan sospechosa, esta nueva devoción por la apariencia moral. Porque cuando todo el mundo insiste demasiado en ser bueno, uno empieza a preguntarse si no estamos confundiendo la bondad con la reputación. Y ya se sabe que la reputación es una criatura muy delicada, pues necesita aplausos constantes, aprobación pública y una vigilancia permanente del propio personaje. La bondad, en cambio, suele ser más discreta, más imperfecta, más humana. Y tal vez por eso, también, mucho menos fotogénica.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
Comments
Post a Comment