La gente no sabe distinguir, pero sí exagerar. El mal uso de lo grave.
Hay palabras que nacieron para doler. No para incomodar, no para matizar, no para adornar una emoción mal digerida, sino para nombrar lo grave, lo irreparable, lo que rompe. Violencia es una de ellas. Y hoy, como todo lo que se usa sin criterio, se ha vuelto barata. Se reparte con la misma facilidad con la que se reparten opiniones. Se invoca para todo: una frase incómoda, una negativa, una diferencia, una torpeza. La palabra ya no señala, cubre; ya no distingue, iguala. Y cuando todo es violencia, nada lo es.
Hemos entrado en una época donde el lenguaje dejó de ser instrumento de precisión para convertirse en herramienta de protección emocional. Ya no importa qué pasó, importa cómo se sintió. Y lo que se siente, se nombra en grande. Porque lo grande protege. Decir “me incomodó” no tiene el mismo peso que decir “me violentó”. Lo primero te expone; lo segundo te blinda. Y así, poco a poco, el lenguaje dejó de describir la realidad para sustituirla. Nombrar se volvió más importante que entender.
La falta de compasión puede ser tan vulgar como el exceso de lágrimas. Y estamos exactamente ahí, en una cultura donde la emoción se volvió argumento y el exceso, virtud. Donde todo se sobredimensiona porque nadie quiere quedarse corto. Porque quedarse corto implica pensar, y pensar implica hacerse responsable de lo que se dice. Pero eso exige criterio. Y el criterio escasea.
Quien no tiene criterio, alquila su juicio al pensamiento colectivo. Hoy ese pensamiento colectivo dicta que todo es grave, todo es urgente, todo es ofensivo. Que disentir es agredir, que incomodar es violentar, que no validar es excluir. Y bajo esa lógica, el lenguaje se vuelve un campo minado donde cualquier palabra mal colocada puede ser interpretada como ataque. No porque lo sea, sino porque así conviene leerla.
Pero no todo es violencia. A veces es ignorancia. A veces es torpeza. A veces es simple diferencia. Y no saber distinguirlo no es sensibilidad, es imprecisión. Es una forma sofisticada de no pensar. Porque distinguir exige jerarquizar, y jerarquizar implica incomodar a alguien, incluso a uno mismo. Implica aceptar que no todo lo que duele es injusto, que no todo lo que molesta es intolerable, que no todo lo que no te gusta merece ser condenado.
La vulgaridad no es sustituto del ingenio. Y el dramatismo no es sustituto del pensamiento. Inflar las palabras no te hace más profundo, te hace más ruidoso. Es más fácil gritar “violencia” que explicar qué pasó. Más fácil indignarse que argumentar. Más fácil señalar que entender. Y en esa facilidad hemos construido un discurso que suena fuerte pero dice poco.
Poco abonas con el discurso que enarbolas. Porque un lenguaje inflado no clarifica, confunde. No protege, debilita. Debilita porque diluye lo grave. Porque pone en el mismo nivel lo que no lo está. Porque convierte experiencias radicalmente distintas en categorías intercambiables. Y eso no sólo es impreciso, es injusto.
Hay también una dimensión de poder en todo esto. Nombrar algo como violencia no sólo describe, posiciona. Te coloca en un lugar moralmente incuestionable. Porque la víctima no se discute, se protege. Y ahí está el incentivo perverso, si todo puede ser violencia, todo puede ser blindaje. Y si todo es blindaje, entonces nadie rinde cuentas. El lenguaje deja de ser puente y se vuelve trinchera.
La tolerancia ilimitada no es virtud, sino claudicación del juicio frente al absurdo. Y aceptar que todo sea violencia es exactamente eso, una renuncia a distinguir, a pensar, a sostener matices. Es más cómodo exagerar que precisar. Más fácil sumarse que cuestionar. Más emocionalmente rentable sentirse agredido que reconocer que, a veces, el mundo simplemente no coincide contigo.
Pensar cansa, por eso casi nadie lo hace. Y por eso preferimos el lenguaje inflado, porque evita el esfuerzo de entender. Porque permite reaccionar sin procesar. Porque da la ilusión de profundidad sin exigirla.
Pero las palabras importan. Importan porque construyen realidad, porque ordenan el mundo, porque delimitan lo que es tolerable y lo que no. Y cuando las vaciamos de sentido, perdemos esa capacidad. Perdemos la posibilidad de nombrar lo verdaderamente grave. Perdemos la escala y perdemos el juicio.
No todo es violencia. Y decirlo no es minimizar el dolor, es defender el lenguaje. Es devolverle su peso, su filo, su responsabilidad. Porque sólo lo que se nombra con precisión puede entenderse. Y sólo lo que se entiende puede enfrentarse.
Lo demás es ruido. Y el ruido, aunque grite, no dice nada.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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