Lo que algunos llaman cariño y Hacienda llama adeudo.
Hay una cosa profundamente injusta que hacemos los seres humanos y es asumir que porque alguien nos quiere, automáticamente acepta convertirse en gestor de nuestras heridas antiguas. Como si el cariño incluyera, además del afecto habitual, la administración integral de abandonos previos, decepciones infantiles, necesidades no resueltas y ese museo privado de dolores cuidadosamente conservados que todos, en mayor o menor medida, arrastramos. Y me parece una expectativa curiosísima porque una cosa es que quien te quiera entienda tu historia, tenga empatía con ella e incluso, en sus mejores días, te abrace mientras haces las paces con tus propios fantasmas, y otra muy distinta es pretender que se vuelva responsable de compensar aquello que la vida, tus padres, tus ex parejas, tu árbol genealógico o la existencia en general decidieron no darte o quitarte.
Existen personas que operan como si el amor tuviera efectos retroactivos. Como si quererlas hoy obligara automáticamente a reparar todo lo que salió mal antes de que tú siquiera aparecieras en escena. Es una lógica fascinante porque además se presenta con absoluta naturalidad, como si fuera perfectamente razonable que alguien con quien construyes un vínculo actual deba responder emocionalmente por ausencias históricas que no protagonizó. De pronto no estás teniendo una conversación sobre el presente; estás siendo discretamente citado a responder por expedientes abiertos desde 1977. Y uno piensa: "perdón, pero yo ni siquiera estaba aquí".
Creo que parte de crecer (y digo creo porque la adultez me sigue pareciendo un experimento mal diseñado) consiste precisamente en aceptar que nuestro pasado explica muchas cosas, pero no justifica convertir a terceros en personal de reparación histórica. Todos tenemos heridas. Todos tenemos versiones más jóvenes de nosotros mismos que habrían necesitado algo distinto, mejor, más estable, más amoroso o simplemente menos caótico. Pero llega un punto en que seguir utilizando esa historia como justificación universal deja de ser sensibilidad emocional y empieza a parecer una forma elegantemente decorada de irresponsabilidad.
Porque entender de dónde viene una reacción no la convierte automáticamente en aceptable. Ese es uno de los fraudes emocionales favoritos de nuestra época. Como si la explicación bastara como absolución. "Es que soy así porque…" Bueno, sí. Magnífico. Seguramente además con razones válidas, conmovedoras y quizá incluso devastadoras. Pero la comprensión no sustituye el trabajo personal. Saber por qué sangras no te autoriza a ir dejando manchas por casas ajenas como si aquello fuera decoración conceptual.
Me impresiona particularmente esa gente que convierte cualquier vínculo nuevo en una especie de comité de indemnización emocional. Llegan con una maleta llena de agravios antiguos y una expectativa tácita de que ahora alguien deberá equilibrar la balanza cósmica con disponibilidad absoluta, paciencia infinita y un comportamiento tan impecable que ni un santo con excelente terapia lograría sostener. Y claro, cuando inevitablemente el ser humano del otro lado falla o no responde como se esperaba (porque sorpresa, sigue siendo humano) la reacción no corresponde al hecho presente sino a veinte decepciones acumuladas con intereses.
Hay algo muy cómodo en no hacerse responsable del propio dolor. Lo digo con cariño, pero lo digo. Porque hacerse cargo implica trabajo. Implica terapia a veces, conversaciones incómodas casi siempre y esa experiencia poco atractiva de reconocer que algunas dinámicas no son culpa nuestra, pero sí nuestra responsabilidad una vez identificadas. Mucho más sencillo resulta encontrar a alguien dispuesto a quererte y entregarle, discretamente, la administración completa del desastre interior con instrucciones poco claras y cero presupuesto operativo.
Y no. El amor acompaña, pero no sustituye el trabajo interno. El cariño sostiene, pero no reescribe infancias. La empatía ayuda, pero no funciona como máquina del tiempo. Porque si cada persona nueva en tu vida recibe la factura emocional de quienes vinieron antes, no estás construyendo vínculos; estás tercerizando heridas.
Quizá la forma más adulta y honesta de amar sea precisamente esa, llegar con la honestidad suficiente para decir "esto me pasó, esto me marcó, a veces reacciono mal aquí", pero con la decencia emocional de no convertir esa verdad en una licencia operativa para exigir reparaciones perpetuas. Porque nuestro pasado merece comprensión, sí. Pero no derecho de cobro.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
Comments
Post a Comment