Las vírgenes que gimen, mística y deseo en carne viva.

Santa Teresa jadeó y el mundo lo llamó milagro. Pero lo que ardía no era su alma, era su cuerpo aprendiendo a rezar.

Nos educaron para creer que el cuerpo era un enemigo que había que domesticar, que la pureza se medía en silencios y que el deseo era una grieta por donde se filtraba el diablo. A las niñas les dijeron que había mérito en aguantarse, en no sentir, en no mirar demasiado, en no hablar del fuego que a veces se encendía en el pecho sin razón aparente.

Pero hubo mujeres que no pudieron, o no quisieron, obedecer. Cerraron los ojos en sus celdas, en sus cocinas o en sus camas, y encontraron a Dios justo en el lugar donde les habían dicho que sólo habitaba el pecado.

Santa Teresa de Ávila fue una de ellas. Escribió que un ángel la atravesó con una lanza dorada y que el dolor era tan dulce que la hacía gemir. Nadie lo dijo así en voz alta, pero todos entendieron que aquello era más que una visión, era un orgasmo místico, ella lo llamó "transverberación". Una mujer del siglo XVI, desbordando placer, afirmando que el cuerpo también puede ser un templo.

A Sor Juana Inés de la Cruz, el fuego le llegó por la inteligencia. Ella no jadeó de deseo, sino de lucidez. Escribió versos que eran teología y confesión, pensamiento y pasión. En su celda del convento amó a la virreina y amó al Verbo. Pensó tanto que los hombres temieron que su mente fuera contagiosa. Querían apagar su voz, no porque dudaran de su fe, sino porque sospechaban que su Dios no era el mismo, el suyo tenía rostro de mujer, cuerpo de palabra y hambre de conocimiento.

Hildegarda de Bingen, siglos antes, había sentido el poder de un Dios que se le manifestaba en sonidos y colores. Decía que la voz divina vibraba en el cuerpo y que el alma era una melodía. Escribía sobre medicina y plantas, sobre el placer femenino y la energía vital, mientras Roma fingía no escucharla demasiado, por si acaso su sabiduría resultaba demasiado encarnada.

Marguerite Porete fue menos prudente. Cerca de 1310 escribió en "El espejo de las almas simples" que el alma unida a Dios ya no necesitaba la mediación de sacerdotes, y por esa frase la quemaron viva. La herejía, entonces como ahora, era reclamar la libertad de sentir por cuenta propia.

Simone Weil, siglos después, llevó esa misma fiebre a su extremo. Filósofa, mística y obrera, creyó que el sufrimiento purificaba el espíritu. Ayunó hasta morir, buscando la pureza absoluta. No fue una santa, fue una mujer que quiso entender a Dios desde el límite del cuerpo, y allí lo encontró, en el hambre, en la duda, en la fragilidad.

Cada una de ellas desafió un dogma y pagó el precio. A las que ardían las volvieron santas de yeso; a las que pensaban, monjas arrepentidas; a las que amaban, pecadoras redimidas. La historia necesitaba mujeres dóciles, no mujeres en éxtasis. Así, los siglos se llenaron de vírgenes sin piel, de cuerpos sin voz, de templos que enseñaban a arder solamente en silencio.

Pero el gemido sobrevivió. No el de la culpa, sino el de la vida. Se escondió en los rezos de las abuelas que le hablan a la Virgen entre lágrimas y risas, en los cantos donde el rezo baila y la flor se ríe, en las mujeres que cierran los ojos cuando aman y sienten que algo sagrado las atraviesa. El placer también puede ser oración. El cuerpo también sabe rezar.

Nos hicieron creer que la espiritualidad era lo contrario del deseo, cuando en realidad nacen del mismo lugar, de la necesidad de conexión, de entrega, de trascendencia. No hay mucha diferencia entre una mujer que se arrodilla frente al altar y otra que se rinde al amor; ambas están diciendo lo mismo con distintos lenguajes: "quiero fundirme con algo que me supere".

Rosario Castellanos decía que la mujer no nació para ser santificada, sino para ser reconocida. Que no hay fe posible si no se reconoce el cuerpo que la sostiene. Ángeles Mastretta escribió sobre mujeres de ojos grandes que aman hasta desobedecer, y en su manera de contar se filtra la fe en la vida, en el placer, en lo cotidiano. Isabel Allende, por su parte, entendió que toda historia de mujeres es una historia de revelaciones, aunque se disfracen de amor o de pérdida.

Por eso no hay contradicción entre mística y deseo. La verdadera herejía no está en sentir, sino en negar lo sentido. Quizás el alma se exprese con los mismos gestos que el cuerpo, quizás la fe también respire entre gemidos.

El fuego no desapareció. Está en los ojos de quien ama sin pedir permiso, en los labios que se atreven a rezar con palabras nuevas, en las mujeres que siguen creyendo aunque ya no crean en los mismos altares.

Tal vez la verdadera santidad no fue nunca la obediencia, sino la osadía. Creer en lo que se siente. Sentir lo que se cree. Amar sin miedo. Y aceptar que a veces, en medio del temblor, lo más humano es también lo más divino.

Porque hay vírgenes que gimen, y en su gemido no hay pecado ni caída, sino testimonio de que el cuerpo también es altar. 

Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.

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