Fe mestiza: donde el rezo baila y la flor se ríe.
Hay una fe que no se aprende, se hereda. No viene de los libros santos ni de las sotanas, sino del rumor de las cocinas, del golpe de las cazuelas y del eco de una canción que la abuela cantaba mientras molía chile y esperanza. Esa fe no exige rodillas, pide corazón. No impone silencios, se celebra en voz alta, con música, con flores y con ganas de vivir.
La fe mestiza no busca pureza, busca sentido. Es una mezcla irreverente y amorosa de lo que creemos, lo que sentimos y lo que recordamos. En su altar cabe la Virgen y el retrato del abuelo, la vela encendida, el vaso de agua y hasta el caballito de tequila. Porque en esta tierra los milagros no bajan del cielo, pues nacen del amor, de la resistencia y del antojo de seguir vivos.
Aquí lo divino no está lejos. Está en la lluvia que cae cuando la tierra tiene sed, en el rebozo que abriga, en el beso que se da sin culpa. Dios, o lo que entendamos por Él, tiene acento latino, piel morena y humor cambiante. Le gusta el olor del copal, el sabor del maíz, y las carcajadas que rompen el luto. En México, lo sagrado tiene cintura. Y baila.
La flor y el mezcal. El rezo y la música. El dolor y la risa. Todo se funde y se vuelve altar. Cada ofrenda es también una confesión, no de pecado, sino de amor. Creer, aquí, no es obedecer. Es amar sin miedo, es mirar al cielo con los pies firmes en la tierra, es decir "gracias" incluso en el duelo.
Por eso cuando llega noviembre, encendemos las velas y llenamos la casa de flores. No lloramos a los muertos, los invitamos. Les ponemos su plato favorito, su trago de siempre, su foto más viva. Y cuando el aire huele a cempasúchil y copal, juramos escuchar sus pasos regresando. Es la fe mestiza la que nos enseña que la muerte no quita, pero si transforma. Que el adiós, dicho con amor, también es oración.
La fe mestiza no tiene pudor, sabe que el cuerpo también reza. Que un abrazo puede ser un milagro. Que hay más verdad en un bolero que en un sermón. Y que a veces el alma se salva bailando. Por eso no teme mezclar lo que otros separan, el deseo con la devoción, la risa con la lágrima, el beso con el amén.
En los pueblos y las ciudades, en las casas donde el mantel es herencia y el vino se comparte, esa fe se sigue encendiendo. Cambia de idioma, de nombre, de rostro, pero nunca de raíz. Porque creer, para nosotros, es resistir con ternura. Es seguir poniendo flores, aunque el mundo se olvide del aroma. Es no dejar de brindar por los que ya no están, ni de amar a los que quedan.
Hay quienes buscan a Dios en los libros, y quienes lo encuentran en el olor a pan recién hecho. En los brazos que consuelan, en los ojos que brillan cuando escuchan una canción que les recuerda su infancia. Esa también es oración. Esa también es fe.
La fe mestiza no promete el cielo, nos enseña a habitar la vida. A darle sentido a lo efímero, belleza a lo cotidiano, esperanza al cansancio. A entender que lo divino se esconde justo ahí, en el instante que parece mínimo, en una flor que se abre, en el humo del copal que se disuelve, en la carcajada que estalla sin permiso.
Quizá por eso seguimos creyendo. No por costumbre, sino por instinto. Porque en el fondo sabemos que la mezcla no es impureza, es origen. Que lo sagrado no se rompe cuando se mezcla, se multiplica. Y que, al final, la fe mestiza no pide que renuncies a nada, sólo que abraces todo.
Así seguimos entre el altar y la carcajada, entre la flor y el tequila, entre el rezo y la música. Creyendo que hay algo o alguien que nos mira con ternura desde el otro lado del fuego. Y si no lo hay, no importa, igual brindamos. Porque si algo nos ha enseñado esta tierra es que la divinidad también ríe.
Y esa risa, a veces, suena exactamente igual que nosotros.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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