De cómo no caber en ninguna norma, lo humano no cabe en el reglamento.
Hay gente que vive convencida de que tiene la receta para todo. Te dicen cómo debes amar, cómo debes llorar, cómo sanar sin molestar, cómo envejecer con dignidad y hasta cómo morir con elegancia. Son los misioneros del deber ser, los guardianes del instructivo moral. Gente que se siente con la autoridad de dictar la temperatura correcta del alma.
Les gusta ponerle orden a lo que duele, horario a lo que se siente, sentido a lo que simplemente sucede. Son quienes hablan con frases redondas, seguras, limpias de duda, como si la vida se aprendiera en catecismo o en manual de autoayuda. Pero lo humano no funciona así. No podemos reducir una condición humana a un tema preceptivo. No se puede reglamentar el temblor de quien ama, ni estandarizar la fe, ni limpiar la tristeza con mandamientos.
La vida, cuando se la vive de verdad, es un desorden precioso. Tiene sus horas de claridad, sí, pero también sus abismos. Se acomoda en lo impredecible, se alimenta del error, se ríe de nuestras intenciones. Es más salvaje que lógica, más carne que doctrina. Y esa es su gracia, que no se deja domesticar por los discursos que pretenden explicarla.
Nos dicen que hay que ser fuertes, positivos, coherentes. Que hay que soltar, perdonar, agradecer, avanzar. Como si la vida fuera una competencia de madurez emocional. Pero nadie habla del cansancio que da sostenerse, del alivio que trae rendirse un rato, del placer de no tener respuestas. Nadie celebra el derecho a equivocarse sin pedir perdón.
El problema no son los dogmas, sino quienes los usan como látigo. Los que se creen con derecho de corregir la forma ajena de sentir. Quienes creen que todo lo que se sale del molde es un error o una falta. Pero el alma no vino al mundo para aprobar exámenes. El alma vino para moverse, para sentir, para aprender el delicado arte de recomponerse después del caos, lo que algunos llaman resiliencia.
Hay quienes predican que la tristeza es debilidad, que el enojo es falta de control, que el deseo es pecado. Pero la tristeza a veces es sabiduría, el enojo a veces es defensa, y el deseo, muchas veces, es vida pidiendo espacio. Querer reducir todo eso a un reglamento es como intentar atrapar el mar en una botella, es un acto de soberbia que sólo sirve para quedarse con las manos vacías.
Los que dan instructivos viven asustados del desorden ajeno porque les recuerda el propio. Necesitan reglas para no enfrentarse al vértigo de lo incierto. Pero lo humano es eso, es vértigo. Esa mezcla de miedo y deseo, de lucidez y locura, de ternura y furia. Esa contradicción que no cabe en el discurso pulcro de los que predican el orden.
Hay días en que una quisiera obedecer, seguir las reglas, hacer las cosas "bien". Y otros en que sólo queda bailar con el desastre, abrazar el cansancio, o simplemente dejar que la vida duela sin buscarle moraleja. En esos días, el desmadre no es fracaso, es honestidad. Es la forma más pura de decir: "aquí estoy, vivo, confundido, pero presente".
Quizá el reto no sea elegir entre el dogma o el caos, sino aceptar que ambos nos habitan. Que necesitamos un poco de orden para no perdernos, y un poco de desorden para no morirnos de rutina. Que la vida tiene su mística y su mugre, y que sólo juntas tienen sentido.
Así que no, no hay instructivo. Nadie tiene el derecho de decirte cómo doler ni cómo sanar, cómo amar ni cuándo dejar de hacerlo. No hay receta para sobrevivir al miedo, ni fórmula para entender la pérdida. Solamente está el milagro desobediente de seguir aquí, a pesar de todo, con el corazón lleno de remiendos y ganas.
La vida no se predica. Se padece, se goza, se cuenta. Y si alguien insiste en dictarte cómo ser humano, sonríele con ternura y déjalo hablando solo.
Porque al final, cuando el dogma se cansa y el desmadre se apaga, queda lo único que de verdad importa, esa forma tan humana y tan frágil de seguir intentando.
Y ahí, justo ahí, entre el caos y la esperanza, entre lo que creemos y lo que sentimos, ocurre lo más divino que tenemos, la vida que no obedece a nadie.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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