Relaciones abiertas, corazones cerrados.

Dicen que el amor moderno se mide por la libertad. Que la verdadera evolución consiste en no exigir exclusividad, en aceptar que el deseo se multiplica y que el corazón puede convivir con la idea de compartir. Suena bien. Suena inteligente, práctico, contemporáneo. Pero a mí me parece que detrás de ese discurso luminoso hay un cansancio profundo, una soledad disfrazada de madurez, y una enorme confusión entre abrir la mente y endurecer el alma.

Nos convencieron de que amar sin límites era una muestra de confianza. Que permitir la presencia de otros era prueba de seguridad. Que sentir celos era una falla moral. Pero yo no creo que el amor se mida por lo que permitimos, sino por lo que cuidamos. Amar no es imponer fronteras, pero tampoco es fingir que no las necesitamos. Hay cosas que se defienden no por miedo a perderlas, sino por respeto a lo que significan.

En esta época parece sospechoso quien elige un solo amor, quien cree en la lealtad o quien desea compartir la vida con calma y profundidad. Lo llaman anticuado, dependiente, posesivo. Pero tal vez lo que ocurre es que hemos confundido libertad con huida. Creemos que no atarnos a nadie nos hace más fuertes, cuando a veces sólo nos hace más solos.

No creo que abrir una relación sea la solución a la fragilidad humana. La apertura no cura el miedo, solamente lo disfraza. No evita el dolor, sólo lo reparte en dosis pequeñas. No enseña a amar mejor, sólo enseña a amar menos. Porque la verdadera apertura no es hacia afuera, sino hacia adentro, es abrir el corazón, abrir el alma, abrir la disposición a mirar al otro con ternura incluso cuando el deseo se apaga.

El amor, cuando es amor, no busca poseer, pero tampoco se conforma con estar de paso. Quiere quedarse, echar raíces, formar memoria. Quiere la piel, pero también el silencio compartido. Quiere la alegría de lo cotidiano, no la adrenalina de lo fugaz. Y eso, por más moderno que se pretenda, sigue siendo revolucionario quedarse cuando es más fácil irse, cuidar cuando el mundo aplaude la indiferencia, elegir una sola historia en medio de tantas opciones.

Muchos defienden las relaciones abiertas como una forma de honestidad. Dicen que así se evita la traición, que el engaño se vuelve innecesario cuando todo está permitido. Pero no sé si permitirlo todo es sinónimo de honestidad o de resignación. No sé si compartirlo todo es realmente un gesto de confianza o el síntoma de que ya nada nos importa tanto. Cuando algo tiene valor, se cuida; cuando algo importa, se resguarda.

A veces me pregunto si tanto miedo a la exclusividad no será, en realidad, miedo a la profundidad. Si la gente que busca no atarse, no depender, no quedarse, no está simplemente huyendo de la intimidad real, esa que exige mirar al otro con paciencia, vulnerabilidad y ternura. Porque amar no es sobrevivir al otro, es apostar por el encuentro. Y no hay encuentro posible cuando el corazón está dividido entre varias direcciones.

Tal vez la fidelidad no sea una imposición, sino una forma de amor que se elige desde la libertad más genuina que es la de querer estar sólo donde uno se siente vivo. No porque no haya otras opciones, sino porque ninguna otra tiene sentido.

Amar así no es anticuado. Es humano. Es sencillo. Es lo que mantiene encendida la llama cuando el deseo cambia de forma, cuando el cuerpo envejece, cuando la vida se vuelve rutina.

No creo en las relaciones abiertas. No porque tema al deseo, sino porque creo en el valor de la presencia. Creo en los amores que se quedan, en los que se acompañan con ternura, en los que no necesitan repartir el alma para sentirse libres. Creo que abrir una relación puede parecer un acto de valentía, pero a veces es solamente una forma elegante de no comprometerse.

La verdadera valentía está en abrir el corazón y dejar que alguien entre de verdad, con todo lo que eso implica, con la incertidumbre, con el riesgo, con la herida. No creo en las relaciones abiertas, pero sí en los corazones valientes. En los que se abren sin miedo a ser vistos, tocados, elegidos. En los que se quedan aunque el mundo aplauda las fugas.

El amor no es un territorio que se reparte, es una casa que se habita. Y para habitar, hay que quedarse. 

Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.

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