La fe, el sexo y la ansiedad son la misma oración.
Hay tres cosas que me han hecho temblar más que cualquier terremoto: la fe, el sexo y la ansiedad. A veces pienso que las tres se parecen demasiado. Las tres enseñan miedo, culpa y deseo. Las tres me han hecho buscar refugio y me han empujado al abismo. Entré a la vida buscando respuestas y salí con la sospecha de que todo era improvisado, incluso yo.
La Iglesia me enseñó a contener los impulsos, a sospechar del placer, a temer de la carne. La sociedad me enseñó a callar los pensamientos que escandalizan y a sonreír aunque me ardiera el alma. Y la ansiedad… la ansiedad fue la maestra más fiel: siempre regresaba, puntual, para recordarme que nunca soy suficiente.
Creemos que la fe nos salva, que el sexo nos libera, que la ansiedad es un accidente. Pero no. Son rituales antiguos que llevamos tatuados en la piel. La confesión es un inventario de errores; el deseo, un territorio lleno de trampas invisibles; y la ansiedad, un espejo que se burla del control que fingimos tener.
Recuerdo los domingos de iglesia, el incienso quemándome los ojos, la gente en fila esperando absoluciones que no curaban nada. Todos vestidos de solemnidad, fingiendo pureza o culpa, según el día. Y yo ahí, preguntándome cómo puede haber tanto miedo disfrazado de devoción. Rezar es una forma de recordar el miedo que se intenta olvidar. Hacer el amor también. Los dos actos buscan redención, pero siempre dejan cicatrices.
Fe, sexo y ansiedad: tres nombres para la misma cosa. Tres maneras de tocar lo que duele.
Un día entendí que la fe no estaba sólo en los templos, ni el sexo sólo en las camas, ni la ansiedad sólo en las madrugadas. Estaban en todas partes, como en la fila del supermercado, en los saludos fingidos, en las risas que esconden cansancio. Todos queremos alivio. Llenamos carritos, cuerpos y pensamientos con cosas que no necesitamos, con promesas que no se cumplen. Nadie se salva de verdad, pero todos aprendemos a disimular. La rutina es otro culto; la obediencia, su religión silenciosa.
Aprendí que la fe te enseña a esperar, el sexo a desear y la ansiedad a temer. Ninguna es amable, pero todas dejan huellas. Entre la risa y la culpa, descubrí que la única comunión verdadera es reírse del miedo.
Empecé a pesar mis emociones como quien pesa monedas. Cada alegría tenía impuesto. Cada deseo, un cargo oculto. Cada error, una penitencia. La Iglesia no me curó; me enseñó a disimular la libertad detrás del pecado. Pero también me regaló una mirada, esa que ve lo absurdo, lo frágil, lo humano.
Una tarde, caminando por Reforma, vi un anuncio que prometía felicidad si comprabas un auto. Pensé que la publicidad era el nuevo altar, promete placer, exige obediencia. Igual que la ansiedad, que mide, etiqueta, castiga, pero al menos no miente. Es brutalmente honesta. Te enfrenta con la vida tal como es, desordenada, contradictoria, sin garantías.
La fe promete claridad, el sexo promete placer, la ansiedad recuerda que nada es tan limpio, tan simple.
Vivir, entendí, no es obedecer. Vivir es mirar las reglas, romper las que duelen y crear tu propio ritual. Reírte de la solemnidad. Hacer las paces con la incertidumbre. Mirar a la ansiedad y decirle: "Ah, entonces sigues aquí. Está bien, pasa."
Fe, sexo y ansiedad no son enemigos, son espejos. Nos devuelven nuestra contradicción, nos obligan a vernos sin filtro. Nos enseñan que la vulnerabilidad no es falla, que el deseo no es pecado y que la ansiedad no es debilidad.
Nos recuerdan que seguimos vivos. Y a veces, sólo a veces, vivir con todo eso encima es el milagro más grande.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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