Escuchar desgracias ajenas: castigo gratuito o entretenimiento cruel.
Escuchar desgracias ajenas es un oficio no reconocido, pero indispensable. Hace falta la paciencia de una virgen resignada, la ironía de un viejo cronista de pueblo y, sobre todo, la dignidad de no reventar en carcajadas cuando alguien convierte un resbalón en la escalera en tragedia griega.
Quien logra sobrevivir a una maratón de lamentos sin arrugar la nariz ni el ceño merece una medalla, pero recibe, en cambio, la sospechosa recompensa de haber participado en un espectáculo tan inútil como delicioso. Y, sin embargo, como diría López Velarde en la Suave Patria, sirve para cortar a la epopeya un gajo, ahí donde la solemnidad pretende erguirse como monumento, la ironía podadora la convierte en bonsái.
Porque el infortunio ajeno tiene un ritmo propio que es lento, repetitivo y solemne. Cada pausa dramática es un anzuelo, cada suspiro un golpe de platillos. El café derramado se transforma en epopeya doméstica; el jefe que levantó una ceja, en villano shakesperiano; un mensaje no contestado, en puñalada del destino. Escuchas, asientes, acaricias la barbilla y en silencio te preguntas: ¿es posible que alguien convierta un olvido tan vulgar en tragedia digna de coros y oráculos?
Lo mejor es la sobreactuación involuntaria. El temblor de la voz como si se anunciara la peste; la lágrima calculada que se resiste en el borde del párpado; el silencio prolongado que exige reverencia. Es ahí donde el oyente, si es hábil, disfruta de la función secreta. Nada cuesta, salvo un poco de autocontrol, resistirse a la tentación de reír en la cara del pobre protagonista que desconoce que su desgracia es, en realidad, comedia involuntaria.
Escuchar calamidades es un ejercicio de lucidez donde hay que separar la verdadera pena de la vanidad disfrazada de luto, la herida auténtica del teatro ensayado frente al espejo. El que sabe hacerlo se convierte en equilibrista que ofrece consuelo con una mano y con la otra acaricia la ironía, como quien se entretiene con un gato mientras atiende a un enfermo imaginario.
Pero en medio de tanto dramatismo hay ternura. Porque, a fin de cuentas, todos somos ridículos. Todos hemos convertido un olvido, una torpeza, un portazo, en episodio histórico. Nadie se libra de inflar con solemnidad lo que no alcanza ni para cuento corto. Ahí está lo entrañable, reconocernos en la vanidad del otro y entender que la risa contenida es también un espejo.
Lo odioso de escuchar desgracias es, al mismo tiempo, lo irresistible, revelan lo frágiles y vanidosos que somos. El oyente se ejercita en la ironía como en un gimnasio secreto, se fortalece en la paciencia y pule el arte de reír por dentro sin ser descubierto. Es, en suma, un arte refinado de saber acompañar la pena ajena con gesto grave mientras por dentro uno celebra el carnaval del absurdo.
Porque si la vida es tragicomedia, la desgracia ajena es su capítulo más largo y peor editado. Escucharla con la solemnidad justa, asentir con gravedad y sonreír en silencio es un triunfo discreto, una venganza elegante contra el tedio y una prueba irrefutable de que la inteligencia también consiste en reír sin ruido.
Escuchar desgracias ajenas no es sólo soportar, es un acto de sofisticación. Enseña paciencia, compasión disfrazada y, sobre todo, el gozo exquisito de descubrir que la ridiculez humana, cuando se la mira con el ojo afilado, puede ser la forma más deliciosa de entretenimiento. Y quizá ahí radique su secreto, en la constatación de que, bajo nuestras epopeyas personales, late siempre la farsa, y que saber oírla (con gravedad en el gesto y carnaval en la mente) es uno de los placeres más civilizados que nos quedan.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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