Calabazas encendidas para los que vuelven, bajo el olor del cempasúchil.

En México la muerte no asusta, se presume.

Se viste de flores, se adorna de versos, se endulza con azúcar. Le ponemos altar, copal y foto enmarcada, como si fuera la tía que llega cada año con historias nuevas y la misma falda de siempre. Aquí nadie muere del todo, nomás se cambia de casa. Y a veces, hasta se aparece en sueños para reclamar que no le pusimos su tequila.

Cada octubre se repite la misma cantaleta, que el Halloween es del diablo, que eso no es mexicano, que los niños no deben andar disfrazados de calabaza. Como si el diablo tuviera tiempo de andar organizando fiestas con luces neón y dulces importados. Como si las brujas fueran extranjeras, cuando en cada pueblo mexicano hay al menos una señora que cura de espanto y lee las cartas con una seriedad que haría temblar al Vaticano.

El Día de Muertos es nuestro, sí, pero no nació con papel picado ni con catrinas de porcelana. Nació antes, cuando los pueblos antiguos, los que hablaban con el maíz y soñaban con jaguares, creyeron que los muertos regresaban cuando el aire olía a cempasúchil. Cempohualxóchitl decian, flor de veinte pétalos. Veinte, como veinte formas de decir "te sigo recordando".

En el Mictlán, "lugar de los muertos", no había fuego ni castigo, sino camino. Un tránsito. La muerte no era condena, era viaje. Y el mexicano, que todo lo vuelve rito, decidió que cuando los muertos cruzan, hay que recibirlos como se debe, con mantel blanco, comida caliente y buena música.

No hay religión que compita con eso. Por algo aquí el luto se disfraza de fiesta y la tristeza se endulza con pan. Mientras otros rezan por almas perdidas, nosotros las invitamos a cenar. Y si llegan tarde, todavía les guardamos su plato. Eso no es idolatría, es cariño con sentido del humor.

Pero cada año aparece el purista que se escandaliza porque en la tienda ya hay calabazas naranjas y disfraces de bruja. "¡Eso es del demonio!", grita, mientras paga con tarjeta y pide su latte de temporada.

No saben que el Halloween tampoco nació en Hollywood. Viene del Samhain, una celebración celta que marcaba el final de la cosecha y el principio del invierno, cuando los espíritus cruzaban entre mundos. Después, la iglesia lo rebautizó como All Hallows’ Eve, víspera de Todos los Santos, porque el catolicismo siempre ha sido experto en bautizar lo que no puede prohibir.

Así que no, el Halloween no es enemigo del Día de Muertos. Son primos lejanos que se escriben una vez al año. Los dos recuerdan a los que se fueron. Los dos se celebran con fuego, comida y disfraces. Y los dos nos dicen, a su manera, que la vida es un préstamo que se paga con flores.

Porque si algo sabemos los mexicanos es mezclarlo todo como el rezar y el reír, el altar y la botella, el "Dios te bendiga" con el "chingada madre".

Por eso resulta absurdo pensar que celebrar una noche de disfraces nos hace menos mexicanos. ¿Qué no aquí se celebra la Navidad y Cristo no nació en Chalco? Si eso no nos da vergüenza o miedo, ¿por qué habría de dárnoslo una calabaza?

Además, digámoslo claro, el Halloween nos vino como anillo al dedo. Porque el mexicano siempre ha tenido alma de personaje. Nos gusta disfrazarnos, fingir un rato, reírnos del miedo. Y si hay algo que hacemos mejor que nadie, es burlarnos de la tragedia con estilo.

En cada altar hay una lección de elegancia, el equilibrio entre lo sagrado y lo profano, entre la lágrima y la carcajada. Las velas, las fotos, el cempasúchil, todo dispuesto como si el alma del muerto aún supiera apreciar la estética. Porque en el fondo lo sabemos, los vivos somos los que necesitamos la ceremonia.

A veces pienso que el Día de Muertos es la prueba más rotunda de que la fe y la belleza pueden ser la misma cosa. No hay dogma que explique mejor el amor que un altar bien hecho. En cada flor, una memoria. En cada plato, una historia. En cada vela, un deseo de que la muerte no sea tan definitiva.

Mientras tanto, allá afuera, los niños corren disfrazados pidiendo dulces. No invocan al diablo, invocan la risa. Y si eso escandaliza, será porque olvidamos que la risa también es una forma de oración.

Así que celebren lo que quieran. Halloween o Día de Muertos, calabazas o catrinas, tamales o caramelos. El punto es no olvidar que todos estamos invitados al mismo banquete final. Que algún día, cuando alguien ponga nuestra foto en una mesa con flores naranjas, entenderemos que todo esto era un ensayo para aprender a decir adiós con gracia.

Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.

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