Soberbia vampírica: el lujo espiritual de juzgar almas.
Hay una fauna rara que fascia e incomoda enormemente a la vez, los que se autoproclaman “muy espirituales”. No meditan, no acompañan, no callan: pontifican. Y lo hacen con esa dulzura que pretende ocultar lo que en realidad es soberbia vampírica, el deseo de controlar lo que no pueden comprender.
Buscan siempre la perfección en el otro, sin detenerse a pensar si ese otro desea, necesita o incluso persigue esa misma perfección. Convierten la vida ajena en un espejo de sus exigencias, olvidando que nadie pidió ser reflejo de un ideal ajeno.
Son los nuevos inquisidores del alma, pero sin sotana. Ya no amenazan con el fuego del infierno; ahora amenazan con la mala energía, con bloqueos, con karmas pendientes. En nombre de esa espiritualidad que nadie pidió, se sienten con derecho a corregir tu vida, a moldear tu deseo, a dictarte cómo amar, cómo sentir y hasta cómo reír. Todo con esa sonrisa beatífica que parece decir: "estoy iluminado, tú no".
Lo más peligroso no es su palabra, sino su absoluto. Esa necesidad de verdad única que paraliza, que aplasta, que exige que todo lo demás se doble ante su doctrina. Y yo, que le tengo miedo a los absolutos, tiemblo al verlos erigirse como jueces de lo intangible. No hay argumento que valga, no hay ironía que penetre. Sus absolutos son muros, no guías.
El religioso clásico al menos tenía un poco de honestidad pues pecaste y te castigan. Pero el espiritual soberbio es vampírico, mientras te sonríe, te acaricia y bebe tu energía con frases de "deberías evolucionar", dicta sentencia sobre tu alma como si tuviera línea directa con lo divino. Tu dolor deja de ser tuyo, tu alegría deja de ser tuya, tu deseo deja de ser tuyo. Todo se convierte en proyecto de alguien más, en obligación moral, en examen perpetuo.
En ese juego, rebasan con descaro el deber de cuidado, violan lo sagrado de lo íntimo, convencidos de tener licencia para vigilar, intervenir y dictar sobre la vida ajena. Actúan como si el alma fuera un bien en custodia bajo su mando, como si la libertad de otro tuviera que validarse en su tribunal invisible.
Te dicen que debes sanar, liberar, trascender… y lo dicen con tal solemnidad que olvidas que la vida no se mide en decretos espirituales. Que si tropiezas, no es accidente, es lección. Que si te equivocas, no es humano, es bloqueo energético. Que si amas mal, no es amor, es karma mal alineado. Y así, en cada palabra, convierten la existencia en un campo minado de culpa, ansiedad y obediencia sanguinaria.
Lo verdaderamente hereje es su pretensión de ocupar el lugar de Dios. Se arrogan la potestad de corregir destinos, auditar vidas y señalar lo que está mal y lo que está bien. Te observan con ojos de magistratura espectral, listos para dictar condena mientras tú respiras, ríes, sientes… y ellos no lo soportan. Porque ellos no quieren vida, quieren control.
Y mientras tanto, el mundo sigue con guerras, hambre, injusticia, absurdos políticos… y ellos ocupados en tu libido, tus abrazos, tus silencios, con quién sales y a qué te dedicas. Ese es el vampirismo de la soberbia espiritual, no les importa la realidad, les importa su narrativa. Su mundo perfecto se construye sobre la disciplina ajena, sobre la sumisión forzada de quienes, como yo, tenemos miedo de los absolutos y no queremos ser sus muñecos de iluminación.
La verdadera espiritualidad no exige, no juzga, no corrige. Se guarda, se siente, se respira. Todo lo demás es vampírico pues parasita la vida ajena bajo la ilusión de iluminarla. Y a esa fauna rara, que confunde su ego con divinidad, habría que recordarle algo simple, que nadie los nombró guardianes del misterio, ni notarios de lo sagrado.
Lo digo con voz firme, que prefiero mil veces un Dios colérico que un iluminado sonriente, que quiera cambiar mi camino mientras proclama que su luz es la única posible. Prefiero el infierno con vino, carcajadas y libertad que un cielo de correcciones y manuales de cómo vivir. Porque allí, en mi exilio elegido, hay verdad, hay alegría, hay cuerpos que se tocan sin permiso y hay almas que no se arrodillan ante la arrogancia disfrazada de luz.
Que se queden con sus reglas, sus correcciones y sus censuras. Que sigan midiendo vidas, dictando sentencias, llenando su mundo supuestamente perfecto de muros y absolutos. Yo no necesito su permiso, su aprobación ni su luz fingida. Mi cielo ya existe y no depende de ellos, lo llevo en la risa que no se arrodilla, en los abrazos que no piden perdón, en la piel que se toca con libertad y en el fuego que nadie puede apagar.
Que se queden con su falsa perfección. Yo me quedo con lo que arde, con lo que hiere y sana, con la verdad que no se inclina ante la soberbia. Mi cielo es mío y Dios no juzgará mi audacia, pues sabrá que nunca vendí mi alma a la arrogancia disfrazada de luz.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
Vuelves a mover profundamente mi corazón con este bello texto. Pensé en la Teoría de la Relatividad de Einstein, "todo es relativo, nada es absoluto"... y si hay un Absoluto, para mí ese es Dios; una mente, inteligencia o un ser, inconmensurablemente puro amor, carente de cualquier característica humana pues me parecería perverso siquiera imaginarle así. Aquellos que se disfrazan de "iluminados corrigevidas" ven en el otro, una torcida proyección de todo lo obscuro de sus entrañas; deberían antes de mirar por las ventanas, acomodarse los espejos. Supongo... y eso lo declaro desde la profunda humildad de mi nó saber, que Dios nó mira cuerpos, ni escucha palabras o tonterías humanas, sino que entiende de forma profunda lo que de verdad importa: EL PODER DE LA INTENCIÓN. Ir a misa, meditar, asistir a retiros de todo tipo, ayunar, hacer rituales o practicar cualquier otra forma de supuesta conexión con lo sagrado, pierde toda fuerza, al momento en que juzgamos con dolo. Para mí, es preciso distanciarse de quien se autoproclama siquiera como representante de Dios en la tierra... ¿Quién realmente tendría un nivel, remotamente cercano para poder serlo? Te quiero. Gala.
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