Los silencios que nos habitan, lo que no decimos también nos construye.
Hay silencios que se heredan, como los muebles viejos que nadie se atreve a tirar. Mi abuela, por ejemplo, cocina con una forma que es en sí misma un idioma. Nunca habla de los temores que la cruzan ni de las alegrías que guarda para sí misma, pero cada vez que pone un guiso al fuego, su silencio huele a paciencia, a ternura contenida y a secretos que no necesitan ser revelados para ser entendidos. Aprendí desde muy temprano, y quizá a la mala, que callar también es comunicar, que no todas las historias necesitan palabras para volverse eternas.
Los silencios se nos meten en los huesos desde niños. Está el silencio de la madre que se muerde la lengua para no gritar, el del padre que baja la mirada porque no sabe cómo decir que también tiene miedo, el del amigo que se queda sentado a tu lado sin pronunciar una sola sílaba, porque entiende que no hay lenguaje suficiente para aliviar tu herida. Esos silencios forman capas invisibles en nuestra memoria, capas que nos sostienen o nos pesan, que nos enseñan a sentir y a intuir lo que los demás callan.
Existen silencios que duelen como piedras que se clavan en la garganta. Son los que separan, los que enfrían, los que llenan los espacios con un vacío que parece demasiado grande para soportarlo. Uno se acostumbra a ellos como quien se acostumbra a la humedad en las paredes, pues sin darse cuenta, ya te han calado los huesos. Pero incluso esos silencios enseñan algo, que la ausencia de palabras puede ser más brutal que cualquier palabra dicha sin cuidado y que el afecto no expresado puede marchitarse más rápido que las flores olvidadas en un florero.
Y luego están los silencios que sostienen, que acompañan, que no imponen ni separan. El silencio de una siesta compartida, el de una mirada que basta para entenderse, el de una mano que aprieta otra sin necesidad de decir nada. En esos silencios reside la paz y la certeza de que no hace falta gritar al mundo lo que sentimos, porque el corazón ya lo sabe. Son silencios que abrazan, que envuelven, que nos construyen desde adentro, recordándonos que a veces el lenguaje más sincero y verdadero no se pronuncia, se siente.
Lo que no decimos también nos forma, nos define y nos moldea. Nos hace más sensibles a las grietas de los demás, más atentos a lo que las palabras no alcanzan a mostrar, más empáticos. Nos obliga a escuchar con la piel, a interpretar con el alma, a percibir la tristeza, la alegría, la ansiedad o la calma que habitan detrás de cada gesto, de cada mirada, de cada respiración. Y aunque a veces creemos que el silencio es vacío, lo cierto es que en él cabe lo más hondo de nosotros como recuerdos que no compartimos, miedos que ocultamos, deseos que nos atrevemos a susurrar sólo a nosotros mismos.
Hay silencios que se arrastran, que nos acompañan toda la vida, y hay silencios que nacen y mueren en un instante. Algunos nos lastiman, otros nos salvan. Todos, sin excepción, nos construyen. Somos, en gran medida, lo que callamos, nuestras renuncias, nuestras protecciones, nuestros amores secretos y nuestras penas escondidas. Cada silencio nos dibuja con trazo invisible, nos da relieve, nos hace únicos, nos hace humanos.
En la vida, aprendemos a hablar con frases, pero nos hacemos humanos con silencios. Porque al final, cuando se acaban los discursos, se apagan las luces y cesan los ruidos, lo que queda no es lo que dijimos, sino la manera en que nuestros silencios acompañaron, protegieron o abrazaron a quienes amamos. Es en esos silencios donde encontramos la memoria verdadera, la intensidad de la emoción y la huella indeleble de nuestra existencia.
Y comprendemos al fin, con un filo que corta hasta el alma, que lo que callamos duele, salva, transforma, trasmuta y construye. Que cada silencio es un puñal y un abrazo al mismo tiempo, y que en ellos se esconde el poder más grande que tenemos, el de decidir qué nos define y qué dejamos que nos destruya, pues en nuestros silencios habita la verdad que ni el tiempo puede borrar.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
Me encanto!!! Súper cierto
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