El futuro trans camina con tacones, botas o pies descalzos: el paso invencible del porvenir.
Hay mentiras que huelen a miedo y otras que huelen a sangre. La Iglesia ha cultivado ambas durante siglos, como quien siembra flores envenenadas para adornar altares de poder. Hoy su fábula más cruel es la de presentar a las personas trans como amenaza para la infancia. Lo repiten con la solemnidad de los dogmas huecos, con la voz inquisitorial y la mirada de quien necesita fabricar enemigos para no mirarse al espejo. Pero la verdad es clara: la identidad de género no es violencia. Nunca lo ha sido.
La violencia la siembran quienes encubren, quienes callan, quienes permiten que los verdaderos depredadores se escondan bajo sotanas y títulos de respeto.
Y mientras ellos gritan, la comunidad trans florece. Contra todo pronóstico, contra el odio y la burla, contra la invisibilidad y la persecución, florece. Con cicatrices convertidas en mapas, con dolores convertidos en canto, con cuerpos que se levantan una y otra vez, aunque los quieran arrodillados.
No, no son ustedes la amenaza. Ustedes son la prueba de que la vida puede inventarse de nuevo, de que la piel puede ser casa y templo, de que la verdad nunca pide permiso. Son faro en medio de la tormenta, espejo de dignidad para quienes aún dudan, abrazo abierto para quienes temen.
Cada intento de borrarlos es la confirmación de que su existencia importa. Cada mentira levantada contra ustedes es una señal de que la verdad los desborda. Porque ¿qué más poderoso que existir como se es? ¿Qué más revolucionario que amar en libertad, que habitar el propio nombre, que bailar con la certeza de que el cuerpo es destino elegido?
Mientras la Iglesia protege monstruos, ustedes protegen la vida. Mientras ellos fabrican fantasmas, ustedes crean futuro. Mientras ellos se aferran a sus muros, ustedes caminan el mundo, con tacones, con botas, con pies descalzos, pero siempre hacia adelante.
Decimos sus nombres con amor. Escribimos en letras altas y luminosas: trans, travestis, no binaries, maricas con alas, mujeres y hombres que aprendieron a resucitar. Porque eso son, resurrección. Son la más hermosa herejía contra el odio. Son la memoria viva de que la libertad no se suplica, se conquista.
Que tiemble quien quiera negar su existencia. Que ardan los altares que han levantado sobre huesos de infancias robadas. Que caigan los discursos hipócritas y se oiga fuerte lo que ya sabemos, que ustedes no son peligro, son milagro.
Y entonces, con la voz rota y desbordada, con la sangre latiéndonos en las sienes, con la rabia hecha ternura, gritamos, con furia y con amor, con verdad y con incendio:
¡Los bendecimos, comunidad trans!
¡Los reconocemos infinitxs, invencibles, eternxs!
¡Los proclamamos hijxs del fuego, del relámpago, del mar que arrasa y del río que nunca se detiene!
Porque ustedes son poesía y espada, herida y aurora, y nadie, ¡nadie!, podrá borrarlos de la tierra y nuestra memoria. Sabemos que son el paso invencible e inminente del porvenir.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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