Mi sexualidad, un anatema para sus certezas.
De entre todas las cosas misteriosas del universo, como los agujeros negros, los déjà vus, los domingos sin ansiedad y los monjes que se enamoran, hay una que me perturba particularmente: ¿por qué hay gente tan convencida de que Dios está obsesionado con mi vida sexual?
Es en serio. Entre el deshielo de los polos, la inflación, el populismo y la existencia de los grupos de WhatsApp familiares, realmente hay quienes aún creen que el Altísimo está en el cielo mirando con horror cómo vivo con mi novio, tomando nota con una pluma celestial y murmurando: "Ay no, otra vez éste... qué decepción".
Lo diré claro, antes de que llegue el rayo: mi sexualidad no tiene nada que ver con Dios. Y no es que estemos peleados, simplemente no creo que ande revisando con quién vivo y comparto el domingo. Dios tiene mejores cosas que hacer. Como por ejemplo, intentar que la especie humana no se extinga por idiota.
Y sin embargo, aquí siguen. Las church ladies, los tíos incómodos, los influencers cristianos con camisa abotonada hasta el cuello y cero ironía en sus palabras. Todos ellos, haciendo fila para recordarme que el cielo tiene normas, que lo mío "no es natural", que el plan de Dios no incluía besos entre hombres. Bueno, tampoco incluía las conferencias sobre "masculinidad bíblica", los closets llenos... de sotanas o las reuniones por teams, y aún así aquí seguimos.
¿Desde cuándo amar se volvió una amenaza? ¿Desde cuándo el Dios que multiplicaba panes y peces empezó a auditar genitales?
Una vez me dijeron que mi orientación era "una prueba". Como si ser gay fuera el equivalente espiritual de perder una pierna o nacer con saldo negativo en el SAT divino. Que si aguantaba sin amar a nadie, sin besar a nadie, sin decir "te quiero" nunca, tal vez me ganaba el cielo. Wow, gracias. Una eternidad a cambio de la castración emocional. Qué trato tan generoso, todo un gesto de condescendencia eterna.
He escuchado todos los argumentos: que es pecado, que no es "el diseño original", que es una moda (sí, porque claramente en el siglo XV los gays no salían del clóset solo por falta de amor propio, no por temor a la hoguera). Que si todos fueran como yo, la humanidad se extinguiría. Mira, si la humanidad depende de que yo procree para sobrevivir quizá merecemos extinguirnos.
Y es que detrás de toda esa palabrería disfrazada de amor cristiano, lo que hay es otra cosa: pánico escénico ante la libertad ajena. Les da miedo que alguien viva sin vergüenza lo que ellos reprimen en secreto. Porque muchos de los que gritan "¡anatema!" están llenos de pecados que no se atreven ni a nombrar en voz baja.
Quieren un Dios que castigue lo que no entienden. Que condene lo que les incomoda. Un Dios diseñado a imagen y semejanza de su moral mutilada. Un Dios neurótico con la orientación sexual de los demás pero increíblemente comprensivo con su propia hipocresía.
A mí me educaron con culpa de origen. Que el deseo era una tentación. Que el infierno estaba a la vuelta de cualquier beso que no fuera aprobado por el catecismo. Pero lo que nunca me enseñaron es que la espiritualidad podía ser un acto de gozo. Que uno podía amar a Dios sin pasar por el confesionario cada lunes a las cinco con cara de arrepentido crónico.
¿Sabes qué descubrí con los años? Que existe una forma de fe que no te exige desaparecer para ser aceptado. Una forma de espiritualidad con dignidad. Que si Dios me hizo así, con esta voz, esta risa, esta forma de mirar y de amar, y luego no dejó instrucciones claras, el supuesto error es de fábrica, no mío.
Y cuando llegue el momento y me tocará llamar a la puerta del cielo, lo haré sin miedo. No bajando la mirada, no disfrazado de obediencia, no con discursos memorizados para justificar mi existencia. Lo haré como viví: de frente. Porque no mentí, no odié, no me escondí detrás de máscaras cómodas. Amé con todo lo que tenía, aunque a veces temblara. Reí más de lo que lloré. Bailé cuando pude, y cuando no, al menos tarareé bajito. Si eso no basta, si el paraíso exige haber vivido con culpa, haber negado el cuerpo, haber silenciado el deseo, entonces prefiero el limbo con buena música, donde no hay filas ni filtros, donde la divinidad no se mide por decoro sino por el fuego con que uno amó. Que se queden ellos con sus cielos estériles. Yo me quedo con lo que arde.
Así que no, mi sexualidad no le pidió permiso a Dios. Y lo digo con respeto, con sarcasmo y con amor. Porque también he sentido a Dios en los lugares donde la iglesia jamás se atrevió a mirar: en la ternura de un abrazo bajo las sábanas, en el silencio compartido con alguien que me ama sin condiciones, en las carcajadas con amigos que sobrevivieron a todas las humillaciones y aún así aprendieron a brillar.
Así que no, mi sexualidad no pidió permiso. Ni a la iglesia, ni a la familia, ni al miedo. Mucho menos a Dios. Porque si hay un Dios, y yo creo que lo hay, entonces fue Él quien me hizo así: con esta manera de querer sin miedo, de besar sin culpa, de caminar sin esconderme. No lo ofendo. Soy su obra, no su error. Y si a alguien le incomoda, que se revise la fe, no mi cama.
Lo que realmente ofende no es mi cuerpo tocando otro cuerpo, sino su obsesión por vigilar lo que no entienden. Les asusta el deseo porque lo reprimen. Les perturba el amor porque jamás lo vivieron sin condiciones. Quieren un cielo hecho a su medida: sin escándalos, sin risas, sin maricas que canten a gritos. Un cielo sin música, sin baile, sin piel. Qué aburrido.
Yo prefiero otro cielo. Uno donde nadie te pide perdón por ser feliz. Donde no hay filas, ni juicio, ni salvación obligatoria. Un cielo sin jaulas. Con vino compartido, con risas largas, con abrazos que no terminan en sermones. Y si no existe, lo inventamos. Aquí, ahora. En cada beso que no se esconde. En cada mano que se toma sin miedo. En cada cuerpo que baila porque sí. Porque puede. Porque arde.
Si vivir con verdad me deja fuera del paraíso, entonces que el exilio sea mi santuario. Porque hay más de Dios en un abrazo sincero que en mil aleluyas gritados con odio. No quiero entrar a ningún cielo donde tenga que mentir para ser bienvenido. Prefiero quedarme con los que fuimos rechazados, pero nos abrazamos sin condiciones.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
Comprendo perfectamente tu sentir, porque soy mamá de un maravilloso hijo gay que ama con la fuerza y pasión que veo lo haces tú; más reconozco que pasé por una crisis existencial al momento en que con un valor y valía inmensa mi hijo lo declaró como el gran hombre que ya era y sigue siendo. Todos lo veían desde niño menos yo, pues estaba tan "condicionada" por preceptos morales y sociales, creencias limitantes y sobre todo por la idea absurda de que había que asignar a alguien culpable de esto y esa era en parte yo. Vaya estupidez que me compré, afortunadamente por poco tiempo. Hoy habito en paz, vivo y dejo vivir, convencida de que mis hijos son tal y como Dios los creó, los crea y los recrea al igual que a mí y que de alguna forma, en este maravilloso ensamble de los que nos vamos uniendo por amor genuino y nó buscamos separarnos bajo cualquier pretexto por diferencias; encontramos la razón profunda de la existencia misma, amar, ser amados y disfrutar de esta experiencia humana de almas eternas en cuerpos temporales. Regresaré a Dios un día y sé que podré mirarle sabiendo que di lo mejor que pude en cada etapa de mi vida, sé que muchos años después allí te abrazaré también, pues eres una de las almas más bellas que he conocido en esta gran nave espacial llamada Tierra. Estoy segura de que Dios ha de pensar que somos la neta! Chidos en serio. Gala.
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