La obediencia como castigo. La pedagogía del miedo en nombre de Dios.

Nos enseñaron que obedecer era amar. Que callar era virtud. Que agachar la cabeza era humildad. Y que si te tragabas el miedo, la humillación y la culpa en nombre de Dios, entonces ibas por buen camino. No era fe, era adiestramiento. Y no era Dios quien lo pedía, eran sus voceros autoproclamados, sus franquiciatarios con sotana, su ejército de pedagogos del infierno.

La pedagogía del miedo era sofisticada. Con uniforme, horario, confesionario y un Jesús crucificado en cada esquina, para recordarte que sufrir está bien, que morir por dentro también cuenta como martirio. Si llorabas, ofrecías el dolor. Si dudabas, ofrecías la duda. Y si algo dentro de ti gritaba que eso no estaba bien, era el demonio. Siempre era el demonio.

No querían creyentes. Querían reclutas. Querían sumisos con sonrisa. Mártires en formación. Carne obediente para el altar del poder. Porque la obediencia, tal como la enseñaron, no era virtud: era anestesia. Una forma elegante de amputarte el criterio, de neutralizar tu espíritu, de hacerte cómplice de tu propia opresión. Te entrenaban para aplaudir al verdugo. Y si el verdugo llevaba una cruz, entonces era por tu bien.

La culpa era el método. La vergüenza, el lenguaje. El miedo, el dogma. Te formaban para vivir con miedo de Dios, pero también con miedo del director espiritual, del sacerdote, del prefecto, del padre superior, de la mirada de los demás. Porque en esos pasillos bendecidos por Roma, todo se ve, todo se juzga y todo se calla.

Y sí, hay abusos. No son casos aislados: es el sistema. Lo aberrante no es el monstruo, sino que los monstruos son legión y están protegidos. Cuidan más la imagen de la institución que el cuerpo del joven o niño. Hay expedientes enterrados bajo capas de Ave Marías. Y detrás de cada denuncia hay una cúpula lista para limpiar al pecador, pero nunca para acompañar a la víctima.

Y hablemos claro: sí, hay gays. Muchos. Formadores, seminaristas, prefectos, curas. Pero no pueden decirlo. Ni vivirlo. Ni respirarlo sin miedo. Así que muchos se vuelven inquisidores de lo que son en secreto. Golpean lo que desean. Castigan lo que niegan. ¿Y los más cínicos? Convierten el clóset en confesionario y el confesionario en cacería.

El problema nunca fue ser gay. El problema fue la represión sistemática, el odio internalizado, la doble moral. Esos mismos que hoy predican "la ideología de género" como si fuera el demonio con glitter, son los que esconden su deseo bajo sotanas bordadas y usan la obediencia como escudo para no asumir nada. Y cuando alguien se atreve a ser distinto, a nombrarse, a salirse del molde, le cortan las alas con oraciones.

Creo en Dios. Pero no en ese dios pequeño que se ofende si amas a alguien de tu mismo sexo. No en ese dios que prefiere la hipocresía de un voto de castidad roto en secreto antes que el amor libre vivido con verdad. No en ese dios que exige silencio ante el abuso, pero que nunca pide cuentas a los abusadores. Ese dios, perdón, no es Dios. Es un ídolo de yeso, una invención para justificar el miedo, la culpa y el control.

Mi Dios, el que me sostiene cuando todo se cae, no me quiere obediente. Me quiere libre. Me quiere honesto. Me quiere de pie. Ya basta de rezar para que se corrijan las víctimas y no los verdugos. 

Así que no, ya no obedezco. No a ciegas. No con miedo. No con culpa. 

Si desobedecer es herejía, entonces que me excomulguen con gusto. Porque mi fe no cabe en sus moldes. Ni mi vida en su miedo.

Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.

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