Cúrate, Mijito, del deseo de sentirte amado.
Ah, el amor. Ese refinado desastre que la humanidad lleva siglos representando sin ensayar. Una ópera sin partitura, con cambios de vestuario a destiempo y un libreto escrito a lápiz, como si todo pudiera corregirse después. Y, sin embargo, aquí me tienen: con novio, enamorado, y con la certidumbre deliciosa de que, a pesar de todos los avisos, esta es la locura más sensata en la que he caído.
El deseo de sentirse amado es, tal vez, la superstición más antigua que conocemos. Nadie la enseña y nadie la aprende, pero todos la practicamos con la misma devoción con que se riega una planta que no sabemos si va a florecer. Queremos que alguien nos mire y piense: "Sí, así, con todos tus bordes filosos y tus grietas hondas". Queremos que alguien nos entienda incluso en nuestros días menos habitables. La mayoría lo busca toda la vida; unos pocos tenemos la suerte de encontrarlo.
En el mundo gay, la trama sabe distinto. Aquí la ironía convive con la ternura, y la verdad más desnuda se dice con un guiño que parece broma. Habitamos un escenario de miradas fugaces, perfiles afinados como vitrinas y exámenes emocionales que ni recordamos haber aprobado. El amor, a veces, llega disfrazado de charla ligera o de un café que se queda hasta amanecer. Y de pronto, como me pasó a mí, descubres que "nosotros" no es una concesión ni un favor: es un territorio recién descubierto donde todavía no hay ruinas.
Porque sí, amar es un lujo. La soledad es barata, silenciosa y hasta razonablemente higiénica, pero carece de ese temblor que provoca una mano buscándote a media noche o la risa inesperada en medio de una discusión absurda. El amor requiere disciplina, un delicado trabajo de orfebrería para administrar el espacio, negociar las manías y aprender que las costumbres ajenas no siempre son concesiones sino ventanas. No es práctico. Es esencial.
Claro, no se libra del absurdo. Seguimos leyendo mensajes como si fueran telegramas cifrados, interpretando un emoji como quien interpreta un presagio, revisando redes bajo la coartada de "solo estaba viendo algo". Y, sin embargo, lo que en otro contexto sería ridículo, aquí se convierte en superstición compartida, en código privado, en un idioma que sólo dos entienden.
La máxima de "ámate a ti mismo" no pierde vigencia. Es la única garantía de no perderse del todo en la vida de otro. Pero cuando el amor propio se cruza con el amor correspondido, lo que nace no es un estado civil, es un idioma nuevo, una coreografía improvisada que, contra todo pronóstico, fluye. Y eso, créeme, es más raro que un amor que no se oxida con el roce de los días.
El humor (negro, de preferencia) nos salva de la solemnidad. Porque el amor, aunque glorioso, también es un artefacto peligroso, porque no se rompe, se astilla; no se marchita, se desvanece en detalles que solamente percibe quien lo vive. Y aun así, nos arrojamos. Porque el riesgo es el peaje inevitable para alcanzar una intimidad que no se compra, que no se improvisa.
Así que sí, cúrate del deseo de sentirte amado… pero no lo entierres. Porque, a veces, el amor llega con la discreción de un gesto sin público, se instala sin pedir permiso y transforma la rutina en un lujo. Y cuando sucede, es tan dulce como venenoso, tan frágil como inevitable y absolutamente irrepetible.
Mijito, el amor no es para los tibios ni para los que coleccionan excusas. Si lo tienes, celébralo como se celebra un buen vino, con lentitud, con atención y con el delicioso egoísmo de saber que, aunque haya otras botellas, ninguna sabrá exactamente igual.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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