Al Yo que lloró solo: "Nunca fue tu culpa". (De profundis).
Hay heridas que no se ven. No sangran, no dejan cicatrices que cuenten su historia, pero se acomodan en el cuerpo como huéspedes incómodos, como un nudo en la garganta, la rigidez en la espalda o el insomnio que llega sin permiso. Son heridas del alma, silenciosas, que uno carga sin darse cuenta de que no le pertenecen.
Yo sé de esas heridas. Las reconozco en mi historia, en las madrugadas en que el sueño huía y sólo quedaba la pregunta: ¿por qué a mí? Pregunta que no encuentra respuesta, que se repite como un eco cruel, como si la vida se empeñara en recordarte que algunas tormentas no son por tu culpa, que algunos golpes no tienen explicación. Como aquellos que viví donde la fe se mezclaba con miedo y los límites eran violados en silencio.
A veces me detengo y quisiera abrazar a aquel Yo que fui hace años. No para explicarle el futuro ni para advertirle del dolor que vendría, sino para sostenerlo. Para que dejara de sentirse tan solo. Para decirle, con toda claridad: "Todo va a estar bien, no merecías lo que te tocó vivir, no era tu culpa, nunca debiste cargar con eso solo".
Lo digo ahora, con la voz que entonces no tuve. Porque hay una parte de mí que todavía se pregunta si merecía sufrir, si algo en mí provocaba las tormentas. Y duele reconocer que he sido demasiado cruel conmigo mismo. Me exigí valentía cuando lo que necesitaba era cuidado. Me castigé con la idea de que todo dolor era una lección, y no lo era. Hay dolores que son sólo crueldad gratuita. Hay experiencias que no sirven para crecer, que no me hicieron mejor persona, solamente más cansada. Y no, no estoy agradecido con ellas. No me hicieron fuerte, me hicieron sobreviviente. Y sobrevivir no debería ser un mérito, debería ser un derecho.
Si pudiera sentarme frente a aquel Yo, le diría que no todo amor que recibe merece llamarse amor. Que a veces el cariño viene disfrazado de control, que la ternura no duele, que la compañía no exige silencio. Que ser noble no es sinónimo de aguantarlo todo y que la bondad no pide sacrificios imposibles. Que hay que aprender a decir "no" sin sentir que se derrumba el mundo. Que decir "basta" o "suficiente" no es traición, sino justicia hacia uno mismo.
Lo miraría a los ojos y le pediría perdón. Por haberlo abandonado tantas veces. Por no haberlo defendido, protegido, por aceptar menos de lo que merecía. Perdón por exigirle fuerza cuando lo que necesitaba era descanso. Perdón por hacerle sentir que la soledad era un castigo y no una circunstancia que podía acompañarse. Por no haber tenido entonces las palabras ni la fuerza para nombrar lo que me hicieron en esos años de fe y obediencia.
Lo abrazaría y le recordaría algo que entonces parecía imposible, que algún día reiría sin miedo, dormiría sin pesadillas, confiaría sin esperar traición. Que habría un futuro donde la vida doliera menos. Que la ternura existe y se parece mucho más a lo que soñaba que a lo que conoció. Que hay gente en el mundo dispuesta a cuidar su corazón sin pedirle que se rompa un poquito más. Que la ternura no hiere, que la confianza no es un lujo, que merecer amor no es un error.
Y también le daría las gracias. Porque no dejó de creer. Porque no permitió que el rencor se instalara en su corazón. Porque apostó por la vida aunque pareciera que la vida misma apostaba en su contra. Porque sobrevivió sin perder la capacidad de soñar. Porque fue valiente.
De eso se trata, creo, de reconocer que sobrevivimos a lo que nunca debimos vivir. De dejar de romantizar la resiliencia y empezar a exigir ternura, dignidad y descanso. Sanar no significa olvidar, sino abrazar al Yo que estuvo solo y recordarle que ya no lo está. Que el miedo puede ser compañero, pero no dueño. Que la tristeza puede llegar, pero no quedarse a vivir.
Y al final, le sonreiría. No con la arrogancia de quien ha vencido, sino con la ternura de quien ha aprendido a acompañarse. Le diría: "No estarás solo nunca más. Todo lo que llevabas a cuestas ahora tiene compañía y esta vez la elección eres tú." Sanar no es borrar la herida, es caminar con ella sin que mande en tu vida. Con la espalda erguida, los hombros sueltos, el corazón dispuesto a recibir luz. Con la certeza de que merezco amor, alegría y descanso.
Porque sí, merezco que me quieran con calma. Que me abracen sin medir mis lágrimas. Que la vida me dé treguas, que la ternura me encuentre en cada esquina, que el descanso no sea un lujo, sino un derecho. Y en esa luz, en esa calma conquistada a pulso, me encontraría a mí mismo por fin: completo, sin culpas, sin miedo y con la certeza de que todo lo que viví me trajo hasta aquí, y aquí, al fin, puedo respirar.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.
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